Después de dejar el ejercicio del sacerdocio, sólo dos compañeros fueron capaces de permanecer fieles a la amistad que teníamos a pesar de las nuevas circunstancias. Aunque el despegue y casi desaparición de mi vida de personas queridas que me habían manifestado su cariño me provocó dolor, ahora entiendo que el movimiento que supone el dejar la dimensión visible o pública del ministerio remueve muchas cosas interiores en los compañeros. Desde una mirada global, el alejarme de una realidad que me asfixiaba, el buscar una coherencia entre mi vida y lo que se cocía por dentro en el mundo de mis afectos y en el reconocimiento agradecido de lo que me conformaba, no creo que me haga meritoria con respecto a nadie. Cada uno vive la vida como puede y en todas las formas creo que se dan las luces y las sombras como parte de una sola realidad.
Sin embargo, intuyo una agitación interior en todos aquellos que me quisieron y que parece que no pudieron permanecer. Menear dudas, frustraciones,intuiciones propias, provoca pavor. Y, mejor retirarse. Lo observo incluso en los que se encuentran conmigo casualmente. Conversaciones superficiales, poca profundidad en el interés. Algunos ni preguntan qué hago, qué me mueve, si soy feliz o no.
El ministerio sacerdotal, te proporciona o parapeto institucional donde uno está calentito, protegido. Entiendo la complicación de cuestionarse realmente salirse de ahí, o al menos plantear otro forma diferente de sacerdocio, más humano (y si es más humana, también es más divina). Dentro de ese baluarte, da igual como se viva, lo importante es mantenerse dentro.
Como decía, pocos son los que se han mantenido cercanos. Los que han entendido que mi esencia sigue siendo la misma y la mayoría de sus manifestaciones también.
Hoy he estado con uno de ellos al que le rindo este pequeño homenaje anónimo, (sé que no le gustaría para nada que lo nombrara por aquí).
Quiero darle las gracias por su generosidad y cariño. A pesar de maneras diferentes de entender algunas cosas quiero reconocer su entrega, su cercanía, su fidelidad, su capacidad de verme más allá del rol que ocupe... Gracias por este día con buenas vistas, buen paladar, y con la alforja llena de detalles...
"Realmente, estos son los pensamientos de todo hombre de cualquier época y lugar; no son originales míos. Si no son tan tuyos como míos, nada o casi nada son; si no son el enigma y la respuesta al enigma, nada son, si no son a un tiempo cercanos y remotos, nada son. Son la hierba que crece donde hay agua y hay tierra, son el aire de todos que envuelve el planeta." Walt Whitman
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domingo, 24 de enero de 2016
miércoles, 13 de enero de 2016
La edad media de mi edad
"La edad media de mi edad
se tiende a la expectativa
cubierta de yodo el alma
por sí herida."
Escribí este trozo de poema en uno de los separadores de asignaturas de cartón de mi carpeta, cuando era estudiante de 3º de Bup. No tengo ni idea de quién era el autor ni de dónde lo saqué.
Llevo varios días en los que me viene de vez en cuando a la mente. Quizás porque precisamente esté en la "edad media de mi edad". Quizás porque describan mi momento. Esa mezcla de algo novedoso, no muy común a estas alturas de vida, con algo más universal como puede ser la experiencia de un camino que ha dejado huellas en el alma.
Lo novedoso, lo que hace inusual la situación, es la sensación de expectativa. Porque en estas etapas de la vida, normalmente el premio está cantado, la vida hecha. Trabajo, pareja, lugar donde reclinar la cabeza, proyectos más o menos encauzados. No es este mi caso. Todo parece como si estuviera por escribir aun. Y, hoy por hoy, no digo esto de un modo triunfalista, sino con algo de vértigo. La sensación de intemperie tiene una componente de cierto cansancio a estas edades, aunque a la vez te permite dos cosas que pueden ser deseables: por un lado la vivencia del presente de una manera más consciente, porque el presente es lo único que existe, lo único que aparece con meridiana claridad, todo lo demás es difuso. Por otro lado, te hace estar alerta a las distintas señales que pueden ir marcándote el ritmo y el paso, de momento sólo el siguiente e inmediato tramo.
Lo que no es nuevo es la sensación de que en este momento del camino, las cicatrices son hermosas. Que las hay, marcadas y marcando historia. La experiencia de haber salido airoso, aunque herido, de caídas, desvaríos propios y ajenos y sobre todo la huella de cierto cansancio que queda impregnada cuando ha habido virajes bruscos en el rumbo de las formas de vida. Formas de vida que no hay que confundir con el fondo de vida, que creo que siempre ha sido el mismo.
El Yodo del trabajo interior, de todos esos "ángeles entre nosotros", samaritanos de ungüentos y aceites, la medicina del sentirme en las palmas de la mano de algo mayor y hermoso que me acunaba en las noches después de la batalla, la brisa suave y reconfortante de la Ruaj, la belleza como aliciente y bálsamo... han ido haciendo de esas cicatrices un hermoso mapa en mi alma, de tal manera que viéndolo puedo llegar a contemplarme como parte de eso mismo bello que deseaba.
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martes, 22 de septiembre de 2015
Sin identidad
A raíz del episodio de Uma Thurman en un bar sevillano disfrazándose de Virgen con corona y manto, leía el comentario de una de tantas personas que se ha sentido escandalizada por el comportamiento de la actriz. En su escrito afectado y dolido, apuntaba a la gran falta de respeto de esta mujer a nuestra identidad sevillana. Y yo me preguntaba sobre quien define lo que es mi identidad, ¿hay alguien con suficiente autoridad o conocimientos para apuntar lo que es identitario?, ¿más allá de notas culturales características, discutibles también, se puede imponer lo que constituye una identidad?. Creo que es necesario hacer una revisión de este concepto en estos tiempos que corren en los que unos enarbolan la bandera de la identidad de un pueblo en contraposición a otras identidades. Posiblemente esta persona, el que reclamaba la identidad "cofradiera" para los sevillanos, también estaría en contra de los que reclaman una identidad cultural, lingüística, histórica como base para la lucha independentista. Sin embargo, la base de ambos reclamos es la misma y puede ser igualmente perversa.
Buscando definiciones de "identidad" nos encontramos con que el contenido semántico está definido desde la contraposición con el otro o lo otro. O sea, la identidad es aquello que nos diferencia del otro o de los otros. Sería el conjunto de características propias que nos hacen único y diferente a otro sujeto o grupo de sujetos con sus propias características. Esto, en el proceso madurativo psicológico de la persona, según los expertos, es algo esencial. El niño necesita diferenciarse de la madre con la que se identifica en sus primeros estadios. Necesita ganarse su identidad, conquistarla en su proceso de individuación.
Entiendo también que un conjunto de características comunes a un conjunto de personas puede darle una peculiaridad con respecto a otro grupo contrapuesto, pero aquí viene el peligro. En primer lugar, ese conjunto de características es accidental, son avatares históricos, circunstanciales, y desde mi punto de vista no pueden llegar a constituir una base sólida, con pretensión de absoluto, y mucho menos de esencia de un pueblo.
Eso no indica que el afecto de un conjunto de personas por esas notas "identitarias" no sea legítimo, pero nunca podrán enarbolarse ni como aspectos cerrados que me diferencian en esencia del otro, ni mucho menos como aquello inalienable y "sagrado" que merezca todo el respeto, como si de la dignidad estuviéramos hablando.
En segundo lugar, ese conjunto de notas características de un pueblo está sujeta a la misma evolución de la historia, de la cultura, etc. Tratar de conservar intactas tradiciones, modos, maneras de disfrutar, arte, expresión es pervertir el mismo concepto de cultura.
Si la identidad de un pueblo tiene que ver con determinados aspectos culturales discutibles y sujetos al mismo proceso histórico me bajo del carro. Me desapunto de cualquier intento de domesticación de lo que soy o me considero. Si ser sevillano implica ser cofradiero y ofenderse cuando "atentan" contra aquello que constituye tu identidad como tal, me "desapunto" de serlo.
Esto, llevado a uno de sus extremos puede volver a traer aquella ocurrente idea del "contrato de integración" que proponían algunos partidos políticos referido a las personas inmigrantes. Siempre me preguntaba si los obligarían a beber gazpacho, comer paella, bailar sevillanas o vestirse de mañico por la fiesta del Pilar.
Sin renunciar a mi historia, a mi lengua, a mi acento, a disfrutar de mis fiestas y paisajes, a nuestra manera de disfrutar de la vida y de entender el ocio... sin prescindir de todo aquello que contribuyó a lo que somos y sintiéndome orgulloso de ello... No pretendan convertir nada de esto en algo inamovible, en nota esencial de lo que soy, no me obliguen a "identificarme" con aquello que no quiero.
En eso está la base de los totalitarismos, de los nacionalismos, de los independentismos. El "somos distintos en esencia" es altamente peligroso pues nos sitúa enfrente o por encima del otro. Creo que es hora de que hablamos más de lo que nos une que de lo que nos diferencia. En los tiempos que corren hablar de la esencia común no puede ser mala pedagogía.
Más allá de esta reflexión no está mal volver a considerar que la sorna, la burla de símbolos religiosos que para algunas personas constituyen objetos o representaciones relacionadas con lo sagrado sigue siendo una auténtica falta de respeto. Ya di mi opinión con respecto a las caricaturas de Mahoma del Charlie Hebdó y en este asunto, salvando las distancias, pienso lo mismo. La libertad de expresión no está por encima del respeto a aquello que pertenece la iconografía religiosa de un colectivo. (Otro tema de reflexión interesante sería la identificación de lo sagrado o lo trascendente con una corona o un manto, pero no es el caso.
Todo esto, más allá del mál gusto de la señora Uma Turman.
Más allá de esta reflexión no está mal volver a considerar que la sorna, la burla de símbolos religiosos que para algunas personas constituyen objetos o representaciones relacionadas con lo sagrado sigue siendo una auténtica falta de respeto. Ya di mi opinión con respecto a las caricaturas de Mahoma del Charlie Hebdó y en este asunto, salvando las distancias, pienso lo mismo. La libertad de expresión no está por encima del respeto a aquello que pertenece la iconografía religiosa de un colectivo. (Otro tema de reflexión interesante sería la identificación de lo sagrado o lo trascendente con una corona o un manto, pero no es el caso.
Todo esto, más allá del mál gusto de la señora Uma Turman.
domingo, 7 de junio de 2015
Cuatro "noes" en siete.
Vanidad de vanidades...Nada hay, sólo frustración y quiero que esa me engulla para que ni la perciba. Nada es cierto, ni la música ni la luz.
Se me pide que abandone el deseo y la expectativa, maldita esta última palabra que esta noche me provoca nauseas. Ni dios ni mendigo, no soy nadie, nada, pero no la nada mística, el vacío pleno, sino el infierno tragándome.
Y tengo que volver a la cama que ni me duerme ni me acuna y que esta noche, para colmo, huele a esta mierda.
No hay caricias que valgan porque hasta las propias me saben al desatino frenético de la ternura deseada y prohibida. Y no soy capaz de quitarme el perfume que ya no sé a quien pertenece.
Más perfumes, más expectativas, más frustración, más abandono, en el que aprendí a verme y al que atraigo porque no hay nada más. Un cúmulo de historia tras historia, de no acabar de no empezar. Cuatro noes en siete son todos los que quiero, No quiero nada más, ni lágrimas que ya ni limpian el rostro embarrado.
Rostro embarrado, un pequeño que no deja nunca de estar triste. Amasijo de carne en piltrafa. No hay ser, sólo estar, estar de mala manera, estar de vuelta de nada. No aprender, sólo desear una y otra vez. Y no llega y no hay y no existe, no existo ni yo. Ojalá.
Sólo hay una cosa, permitir que esto esté pasando, sin resistencias, igual pasa algo, igual conecto con lo que no hay, o igual me pierdo definitivamente y se acabará el dolor. Y a dónde voy, sin cama, sin manos, sin dermis ni epidermis, con sólo el horrible perfume castigador.
Dejar que pase, dejar que pase y ver qué pasa.
Se me pide que abandone el deseo y la expectativa, maldita esta última palabra que esta noche me provoca nauseas. Ni dios ni mendigo, no soy nadie, nada, pero no la nada mística, el vacío pleno, sino el infierno tragándome.
Y tengo que volver a la cama que ni me duerme ni me acuna y que esta noche, para colmo, huele a esta mierda.
No hay caricias que valgan porque hasta las propias me saben al desatino frenético de la ternura deseada y prohibida. Y no soy capaz de quitarme el perfume que ya no sé a quien pertenece.
Más perfumes, más expectativas, más frustración, más abandono, en el que aprendí a verme y al que atraigo porque no hay nada más. Un cúmulo de historia tras historia, de no acabar de no empezar. Cuatro noes en siete son todos los que quiero, No quiero nada más, ni lágrimas que ya ni limpian el rostro embarrado.
Rostro embarrado, un pequeño que no deja nunca de estar triste. Amasijo de carne en piltrafa. No hay ser, sólo estar, estar de mala manera, estar de vuelta de nada. No aprender, sólo desear una y otra vez. Y no llega y no hay y no existe, no existo ni yo. Ojalá.
Sólo hay una cosa, permitir que esto esté pasando, sin resistencias, igual pasa algo, igual conecto con lo que no hay, o igual me pierdo definitivamente y se acabará el dolor. Y a dónde voy, sin cama, sin manos, sin dermis ni epidermis, con sólo el horrible perfume castigador.
Dejar que pase, dejar que pase y ver qué pasa.
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