Ayer conversando con mi amigo J., se puso de manifiesto aquello en lo que coinciden los expertos: el movimiento interior de la expresión artística es el mismo que el de la espiritualidad o la mística. La experiencia profunda del artista no se puede explicar, de tal manera, que si se hace se pierde parte de la esencia de esa experiencia. Una obra de arte, cuanto más se explique, más pierde su brillo natural. Al igual que la experiencia mística. Ese "no sé qué que quedaban balbuciendo" de S. Juan de la Cruz nos hace referencia a esa dimensión apofática de la vivencia profunda. Sobre ella sólo podemos balbucir, casi como niños, sobre lo que ha sido o está siendo o en todo caso decir lo que no es. Ambas experiencias (la artística y la mística) son inefables por sí mismas. Cuanto más se expliquen más nos alejan de ellas, más pierden su carácter sagrado. Ambas son pura manifestación en sí mismas, pura expresión del ser.
"Realmente, estos son los pensamientos de todo hombre de cualquier época y lugar; no son originales míos. Si no son tan tuyos como míos, nada o casi nada son; si no son el enigma y la respuesta al enigma, nada son, si no son a un tiempo cercanos y remotos, nada son. Son la hierba que crece donde hay agua y hay tierra, son el aire de todos que envuelve el planeta." Walt Whitman
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jueves, 18 de febrero de 2016
martes, 26 de enero de 2016
La liberación de lo contemplativo
La liberación por parte de la policía de tres monjas de nacionalidad india de un convento de clausura en Santiago, saca a la palestra todo lo que se cuece debajo de este caso y, sobre todo, de este asunto en términos más generales. Hay que reconocer que éste es un caso extremo y por tanto no usual pero que pone de manifiesto una realidad de la que se habla poco o si se habla se hace en corrillos.
La sequía vocacional en general en toda la Iglesia y más en concreto en la vida contemplativa (quitando algún caso significativo y digno de estudio), y la presencia de conventos en lugares donde la pobreza y la exclusión hacen estragos, constituye un caldo de cultivo estupendo para que se den situaciones como la de la noticia de hoy.
Conventos que se quedan vacíos, y chicas que en sus casas son un problema porque los padres no saben cómo sacarlas adelante. Todo encaja a la perfección. Y las congregaciones religiosas, principalmente las femeninas, sus responsables, superioras y formadoras, no son capaces de ver que la necesidad se camufla (consciente e inconscientemente) en supuestas "llamadas" de lo divino a la vida religiosa.
Un paseo por lo conventos sevillanos visualiza la situación: indias, keniatas, mexicanas, etc. que conforman un coro multicolor y estéticamente bonito, pero que ocultan una realidad bastante compleja.
Chicas jóvenes con energías y fuerzas recién estrenadas con maneras diferentes de expresar y vivir la espiritualidad, que se encierran hipotéticamente de por vida, cohabitando con europeas mayores (que sólo han conocido eso) en edificios de un valor histórico y artístico incalculable. En palabras de alguien que tiene contacto con este mundo, "cuando se vayan muriendo las españolas se va a ver un numerito".
La sequía vocacional en general en toda la Iglesia y más en concreto en la vida contemplativa (quitando algún caso significativo y digno de estudio), y la presencia de conventos en lugares donde la pobreza y la exclusión hacen estragos, constituye un caldo de cultivo estupendo para que se den situaciones como la de la noticia de hoy.
Conventos que se quedan vacíos, y chicas que en sus casas son un problema porque los padres no saben cómo sacarlas adelante. Todo encaja a la perfección. Y las congregaciones religiosas, principalmente las femeninas, sus responsables, superioras y formadoras, no son capaces de ver que la necesidad se camufla (consciente e inconscientemente) en supuestas "llamadas" de lo divino a la vida religiosa.
Un paseo por lo conventos sevillanos visualiza la situación: indias, keniatas, mexicanas, etc. que conforman un coro multicolor y estéticamente bonito, pero que ocultan una realidad bastante compleja.
Chicas jóvenes con energías y fuerzas recién estrenadas con maneras diferentes de expresar y vivir la espiritualidad, que se encierran hipotéticamente de por vida, cohabitando con europeas mayores (que sólo han conocido eso) en edificios de un valor histórico y artístico incalculable. En palabras de alguien que tiene contacto con este mundo, "cuando se vayan muriendo las españolas se va a ver un numerito".
El numerito comienza con esta noticia en la que se descubre una libertad mermada por la presión de perder una identidad ganada, un sustento, aunque sea en una vida no elegida del todo. Posiblemente la historia no sea como la cuentan los medios que tienden a llenar de aditamento rimbombante cualquier noticia, y estas más. Pero sí que cuestiona y saca a relucir un tema complejo con múltiples factores. Algunos de ellos:
- Hasta qué punto es legítimo utilizar la pobreza de la gente como acicate para cubrir la ausencia de vocaciones.
- Cuánto hay, por tanto, de libertad en la decisión de entrar en los conventos de clausura. La respuesta a lo que se entiende por vocación tiene que nacer de una voluntad no condicionada por ningún factor que la merme.
- Para cuándo una revisión a fondo de lo que debe ser la vida contemplativa. Una vida contemplativa entre rejas pudre lo que de auténtico pueda haber. "Lo que oís al oído, predicadlo sobre las azoteas" (Mt 10, 27). La vida contemplativa debe ser receptaculo del ser humano en búsqueda de lo espiritual. Sus lugares deben ser espacios para ayudar a retomar el camino a lo interior, espejo de lo que somos en esencia. Lo que se oculta tras rejas, velos, clausuras, etc. aparte de convertirse en vida estancada en donde proliferan patalogías de todo tipo, deja de ser signo para la humanidad. El mundo necesita espacios que ayuden a recuperar el sentido, el silencio como parte esencial de encuentro con nuestra realidad más profunda.
- El miedo a perder el patrimonio de tantos conventos y monasterios que son auténticas obras de arte, hace que se contemplen situaciones penosas: unas cuantas pobres mujeres mayores conviviendo con otras tantas chicas venidas de tantos sitios y que no tienen ni idea de qué va la cosa, malviviendo en edificios que al final acaban ruinosos por falta de recursos. Hay que saber hacer una transición inteligente para asegurarse que esos sitios se van a conservar, despejar el camino incluso para que pudieran seguir siendo lugares donde fomentar la espiritualidad, pero, a la vez, ser capaces de soltar generosamente, de hacer el tránsito a otras formas, entregar a otros grupos humanos que sean capaces de mantener y a la vez de hacer que no se pierda el sentido originario de esos lugares. Pongo el ejemplo positivo del monasterio de Batuecas propiedad del Carmelo masculino, en la sierra de Francia, provincia de Salamanca. Me consta que se está convirtiendo en un centro de espiritualidad, que va a ser llevado por una comunidad laica, que tendrá otra forma de compromiso alejada de lo "perpetuo" que ha dejado de ser un signo de los tiempos.
Espacios Berakah, tiene entre sus pretensiones principales, entre sus horizontes, encontrar algún lugar de esta características, para unir lo que nunca debió estar separado: la espiritualidad y el compromiso compasivo que nace de ella, el encuentro con el otro "diferente" para construir desde la esencia común.
Es necesario releer de manera coherente y sincera lo que ocurre. Ser valientes para soltar, para pasar a formas diferentes de vida en común, de contemplación, de compromiso; hay que ser generosos para hacer la transición de modelos medievales a formas actuales que den respuesta a la búsqueda del ser humano de su esencia.
- Hasta qué punto es legítimo utilizar la pobreza de la gente como acicate para cubrir la ausencia de vocaciones.
- Cuánto hay, por tanto, de libertad en la decisión de entrar en los conventos de clausura. La respuesta a lo que se entiende por vocación tiene que nacer de una voluntad no condicionada por ningún factor que la merme.
- Para cuándo una revisión a fondo de lo que debe ser la vida contemplativa. Una vida contemplativa entre rejas pudre lo que de auténtico pueda haber. "Lo que oís al oído, predicadlo sobre las azoteas" (Mt 10, 27). La vida contemplativa debe ser receptaculo del ser humano en búsqueda de lo espiritual. Sus lugares deben ser espacios para ayudar a retomar el camino a lo interior, espejo de lo que somos en esencia. Lo que se oculta tras rejas, velos, clausuras, etc. aparte de convertirse en vida estancada en donde proliferan patalogías de todo tipo, deja de ser signo para la humanidad. El mundo necesita espacios que ayuden a recuperar el sentido, el silencio como parte esencial de encuentro con nuestra realidad más profunda.
- El miedo a perder el patrimonio de tantos conventos y monasterios que son auténticas obras de arte, hace que se contemplen situaciones penosas: unas cuantas pobres mujeres mayores conviviendo con otras tantas chicas venidas de tantos sitios y que no tienen ni idea de qué va la cosa, malviviendo en edificios que al final acaban ruinosos por falta de recursos. Hay que saber hacer una transición inteligente para asegurarse que esos sitios se van a conservar, despejar el camino incluso para que pudieran seguir siendo lugares donde fomentar la espiritualidad, pero, a la vez, ser capaces de soltar generosamente, de hacer el tránsito a otras formas, entregar a otros grupos humanos que sean capaces de mantener y a la vez de hacer que no se pierda el sentido originario de esos lugares. Pongo el ejemplo positivo del monasterio de Batuecas propiedad del Carmelo masculino, en la sierra de Francia, provincia de Salamanca. Me consta que se está convirtiendo en un centro de espiritualidad, que va a ser llevado por una comunidad laica, que tendrá otra forma de compromiso alejada de lo "perpetuo" que ha dejado de ser un signo de los tiempos.
Espacios Berakah, tiene entre sus pretensiones principales, entre sus horizontes, encontrar algún lugar de esta características, para unir lo que nunca debió estar separado: la espiritualidad y el compromiso compasivo que nace de ella, el encuentro con el otro "diferente" para construir desde la esencia común.
Es necesario releer de manera coherente y sincera lo que ocurre. Ser valientes para soltar, para pasar a formas diferentes de vida en común, de contemplación, de compromiso; hay que ser generosos para hacer la transición de modelos medievales a formas actuales que den respuesta a la búsqueda del ser humano de su esencia.
lunes, 24 de agosto de 2015
Poema a los que van y vienen
Poema a los que van y vienen (Parafraseando "In our tears" de Secret Garden)
En nuestras lágrimas va nuestro canto.
Cómo cantar en tierra extraña, extraños como somos de ojos y de miradas.
De historias y de nombres.
Muchedumbre somos ingente para muchos
gente que vamos y que pasamos
a la que se nos ve y a la que se nos deja de ver.
Que molesta un minuto de soslayo.
Nuestras lágrimas son nuestro pan
sustituto del que dejamos de trigo, centeno y maíz.
Nuestro corazón está roto de rajas en los muros de nuestras casas
de caminos y horizontes rotos.
Sólo tu palabra es lámpara para nuestros pasos,
palabra que brota desde el silencio de nuestros ancestros
que también caminaron haciendo senda.
Y el camino se hace estancia, de plásticos y aranceles,
de gases y de espinos.
Mientras los que entienden hablan y concretan
sin saber de fondo, sin sentir de cerca.
Y somos número, cálculo, estadística, masa, categoría
y dejamos de ser hombre, niño, mujer, persona.
Ten piedad de nosotros
Ten piedad de ellos.
Ellos y nosotros. Quién puso la barrera?
Veníamos de la gran tribulación y nos difuminamos en amasijo.
Danos la paz
Devuélvenos el ser, la carne y su aliento.
Danos la paz
Ten piedad de nosotros.
Ten piedad de ellos.
Cómo cantar en tierra extraña, extraños como somos de ojos y de miradas.
De historias y de nombres.
Muchedumbre somos ingente para muchos
gente que vamos y que pasamos
a la que se nos ve y a la que se nos deja de ver.
Que molesta un minuto de soslayo.
Nuestras lágrimas son nuestro pan
sustituto del que dejamos de trigo, centeno y maíz.
Nuestro corazón está roto de rajas en los muros de nuestras casas
de caminos y horizontes rotos.
Sólo tu palabra es lámpara para nuestros pasos,
palabra que brota desde el silencio de nuestros ancestros
que también caminaron haciendo senda.
Y el camino se hace estancia, de plásticos y aranceles,
de gases y de espinos.
Mientras los que entienden hablan y concretan
sin saber de fondo, sin sentir de cerca.
Y somos número, cálculo, estadística, masa, categoría
y dejamos de ser hombre, niño, mujer, persona.
Ten piedad de nosotros
Ten piedad de ellos.
Ellos y nosotros. Quién puso la barrera?
Veníamos de la gran tribulación y nos difuminamos en amasijo.
Danos la paz
Devuélvenos el ser, la carne y su aliento.
Danos la paz
Ten piedad de nosotros.
Ten piedad de ellos.
domingo, 19 de julio de 2015
Retazos de mística adolescente
4 de octubre de 1996
Ver en tus obras, Señor, las maravillas de tu mano. En todo. Por muy imperfecto que me parezca tengo que aprender a mirar las cosas con tus ojos, ir más allá de la pura apariencia. Observar tus prodigios incluso en lo que me parezca horrible. Tu mano está allí, Señor. Aprender a mirar con ojos de Espíritu y no con ojos de carne. Verte incluso en lo que aparezca ante mí como desagradable. Toda tu creación es maravillosa, Señor, y quiero aprender a verla así. La fealdad se diluirá en la magnificencia de tu presencia en tu obra. Quiero también verte en lo feo.
9 de octubre de 1996
"Sé de quién me he fiado". Gracias, mi Dios, porque estás en mi vida llenando mis huecos. Gracias por tu inmenso amor, porque nunca me dejaste, porque has escuchado mi plegaria confiada. Gracias por el trabajo porque te he reconocido en mi acceso a él. Quiero siempre fiarme de ti. Sigo poniendo mi vida en tus manos, entregándome por entero a ti. ¿De qué tener miedo? Me abandono como un niño en tus brazos. Haz que tenga presente en cada una de mis respiraciones que soy como un frágil vaso de cristal en manos del más cuidadoso de los seres. - Te amo, Señor. A ti toda la gloria. Creo, pero aumenta mi fe. Y así, todo será parsimonia y paz. Quiero abandonarme en la tuya, Señor. Cuida de mí y de ellos. Hazme un buen transmisor de tu amor. Te los entrego a todos y los pongo en tu corazón misericordioso. No quiero tener miedo, todo lo pongo en tu eternidad para que se diluya en tu serenidad. No quiero olvidarte, Señor. Que cada latido de mi corazón me indique que sigues conmigo; así todo será más fácil. Gracias, Señor, porque siempre me escuchas. Te amo, mi Dios. "Señor omnipotente, dichoso el hombre que confía en ti". Sal 84
20 de octubre de 1996- Casa de la misericordia- 01´40A.M.
Tu olor que impregna los poros de la capilla me recuerda la suavidad de tu amor. Quiero sentirme pequeño en tu luz y que el pudor me corte la respiración al verme profanando tu templo. Quiero contemplar mi pecado y destruir el gigante de papel que he inventado. Quiero llorar mi culpa, Señor, en tu presencia y verme como soy. Un intruso impuro en tu sagrada casa. ¿Cómo puedes vivir en mí si no te he preparado una digna morada? ¿Cómo puedes ser mi sangre si no soy humilde de corazón? Y me sigues mirando con una complicidad sin peldaños, con una mirada al mismo nivel. Soy nada y aquí estoy, con el Todo Infinito delante de mí y sin que mi corazón lata hasta reventar. ¿Cómo me atrevo a sostener tu mirada sin que el sol me deje ciego? ¡Qué suavidad la de tu aroma, Señor!.
23 de octubre de 1996
Señor, hoy quiero que seamos como otras veces esa conjunción maravillosa de tu ser y mi pequeñez. Deseo abrazarte para sentirme respirar. Quiero dejara atrás estos días en los que sólo el roce ha sido posible. No sabes, después de saborearte, lo difícil que es no sentirte. Lo sabes lo que te necesito. De nuevo, el gozo de tu Espíritu me asalta y me hace recordar que sigues, que no te has ido. Te amo, mi Dios, y quiero demostrártelo en mis hermanos. Hazme mejor, Señor, cada día. Quiero dejar atrás mi mediocridad y ser del todo Tú. Quiero que sigas salvándome de mí mismo, de mi yo con mis miedos, quiero que tu Espíritu obre tu salvación. Te necesito, mi Dios.
25 de octubre de 1996
No quiero ser yo, Jesús; que seas tú quien respire en mí. Quiero verme crucificado en ti, derramando a raudales el amor de tu Espíritu. Quiero morir continuamente a mí mismo para que vaya quedando menos de mí y más de ti, Señor. A través de mis ojos, quiero mirar con tu mirada, oh Cristo, a mis hermanos lo más pobres. Sé mis manos y mi fuerza. Sé mi aliento y mi vivir. Quiero que seas en mí, Jesús, para que no sea yo sino tú.
27 de octubre de 1996
Padre que estás en el cielo, por el Espíritu de tu Hijo puedo llamarte así. No soy yo sino él el que grita tu nombre. Abba, Padre. Como un hijo quiero estar sumiso a tu voluntad; envuélveme en tu ternura; sentirme escondido en tu protección. Quiero heredar tu Reino, que me inunde tu gracia. Amén.
5 de noviembre de 1996
Quiero encontrar ese lugar cómplice, esa burbuja insonora, silenciosa que nos acoja en su quietud. Que pare el sonido del aire y el canto de las olas de aquella playa. No quiero ni siquiera oír la brisa ni el río, pues ajenos profanarían nuestra unión. Que sólo queden el latir de nuestros corazones para que llegue el momento en que perdiendo sus propios ritmos se hagan un solo sonar. Que solamente queden nuestras miradas y mis lágrimas en su trayectoria hasta perderse en el vacío por sentirme de nuevo tu pequeño.
Ver en tus obras, Señor, las maravillas de tu mano. En todo. Por muy imperfecto que me parezca tengo que aprender a mirar las cosas con tus ojos, ir más allá de la pura apariencia. Observar tus prodigios incluso en lo que me parezca horrible. Tu mano está allí, Señor. Aprender a mirar con ojos de Espíritu y no con ojos de carne. Verte incluso en lo que aparezca ante mí como desagradable. Toda tu creación es maravillosa, Señor, y quiero aprender a verla así. La fealdad se diluirá en la magnificencia de tu presencia en tu obra. Quiero también verte en lo feo.
9 de octubre de 1996
"Sé de quién me he fiado". Gracias, mi Dios, porque estás en mi vida llenando mis huecos. Gracias por tu inmenso amor, porque nunca me dejaste, porque has escuchado mi plegaria confiada. Gracias por el trabajo porque te he reconocido en mi acceso a él. Quiero siempre fiarme de ti. Sigo poniendo mi vida en tus manos, entregándome por entero a ti. ¿De qué tener miedo? Me abandono como un niño en tus brazos. Haz que tenga presente en cada una de mis respiraciones que soy como un frágil vaso de cristal en manos del más cuidadoso de los seres. - Te amo, Señor. A ti toda la gloria. Creo, pero aumenta mi fe. Y así, todo será parsimonia y paz. Quiero abandonarme en la tuya, Señor. Cuida de mí y de ellos. Hazme un buen transmisor de tu amor. Te los entrego a todos y los pongo en tu corazón misericordioso. No quiero tener miedo, todo lo pongo en tu eternidad para que se diluya en tu serenidad. No quiero olvidarte, Señor. Que cada latido de mi corazón me indique que sigues conmigo; así todo será más fácil. Gracias, Señor, porque siempre me escuchas. Te amo, mi Dios. "Señor omnipotente, dichoso el hombre que confía en ti". Sal 84
20 de octubre de 1996- Casa de la misericordia- 01´40A.M.
Tu olor que impregna los poros de la capilla me recuerda la suavidad de tu amor. Quiero sentirme pequeño en tu luz y que el pudor me corte la respiración al verme profanando tu templo. Quiero contemplar mi pecado y destruir el gigante de papel que he inventado. Quiero llorar mi culpa, Señor, en tu presencia y verme como soy. Un intruso impuro en tu sagrada casa. ¿Cómo puedes vivir en mí si no te he preparado una digna morada? ¿Cómo puedes ser mi sangre si no soy humilde de corazón? Y me sigues mirando con una complicidad sin peldaños, con una mirada al mismo nivel. Soy nada y aquí estoy, con el Todo Infinito delante de mí y sin que mi corazón lata hasta reventar. ¿Cómo me atrevo a sostener tu mirada sin que el sol me deje ciego? ¡Qué suavidad la de tu aroma, Señor!.
23 de octubre de 1996
Señor, hoy quiero que seamos como otras veces esa conjunción maravillosa de tu ser y mi pequeñez. Deseo abrazarte para sentirme respirar. Quiero dejara atrás estos días en los que sólo el roce ha sido posible. No sabes, después de saborearte, lo difícil que es no sentirte. Lo sabes lo que te necesito. De nuevo, el gozo de tu Espíritu me asalta y me hace recordar que sigues, que no te has ido. Te amo, mi Dios, y quiero demostrártelo en mis hermanos. Hazme mejor, Señor, cada día. Quiero dejar atrás mi mediocridad y ser del todo Tú. Quiero que sigas salvándome de mí mismo, de mi yo con mis miedos, quiero que tu Espíritu obre tu salvación. Te necesito, mi Dios.
25 de octubre de 1996
No quiero ser yo, Jesús; que seas tú quien respire en mí. Quiero verme crucificado en ti, derramando a raudales el amor de tu Espíritu. Quiero morir continuamente a mí mismo para que vaya quedando menos de mí y más de ti, Señor. A través de mis ojos, quiero mirar con tu mirada, oh Cristo, a mis hermanos lo más pobres. Sé mis manos y mi fuerza. Sé mi aliento y mi vivir. Quiero que seas en mí, Jesús, para que no sea yo sino tú.
27 de octubre de 1996
Padre que estás en el cielo, por el Espíritu de tu Hijo puedo llamarte así. No soy yo sino él el que grita tu nombre. Abba, Padre. Como un hijo quiero estar sumiso a tu voluntad; envuélveme en tu ternura; sentirme escondido en tu protección. Quiero heredar tu Reino, que me inunde tu gracia. Amén.
5 de noviembre de 1996
Quiero encontrar ese lugar cómplice, esa burbuja insonora, silenciosa que nos acoja en su quietud. Que pare el sonido del aire y el canto de las olas de aquella playa. No quiero ni siquiera oír la brisa ni el río, pues ajenos profanarían nuestra unión. Que sólo queden el latir de nuestros corazones para que llegue el momento en que perdiendo sus propios ritmos se hagan un solo sonar. Que solamente queden nuestras miradas y mis lágrimas en su trayectoria hasta perderse en el vacío por sentirme de nuevo tu pequeño.
sábado, 13 de junio de 2015
Bello
Preciosa visión que se me regala y que sé que voy a mancillar si intento describirla. Inefable conexión con el Hombre maravilloso que soy. Luminoso, fuerte, desnudo, que se coloca en lo alto de una cima y contempla amorosamente el paisaje que lo conforma y que lo circunda. Cristo Total, bello, que ama profundamente la realidad en su manifestación dual y que hace diluirse la angustia y la frustración. Tres minutos de inenarrable dicha, donde incluso el ruido cerebral pasa a segundo plano adornando la melodía de todo lo que es.
Bello lo que soy. Desde ahí quiero vivir.
Bello lo que soy. Desde ahí quiero vivir.
lunes, 8 de junio de 2015
Viaje al alma desde las lágrimas.
Desde lo hondo...
Porque en lo hondo es donde te encuentras y me encuentro aunque ahora me sienta tan separado. Bajar de nuevo los peldaños para encontrar en el piso intermedio al niño al que hay que seguir consolando y al que miras con tanto cariño y respeto. Ahí estoy y me sitúo en mí mismo porque ahora te necesito como tú. Como tantos años lo fuimos.
Y en este estado intermedio dual donde somos dos que se aman, tú amante, yo amado, me abandono a mis fuerzas y en las tuyas, como antaño. Quiero descansar de mis años y del deseo, desahuciado como me encuentro de caricias certeras; porque tú sí sabes verme.
Una brisa refresca la estancia que me conforta y empieza a ser suave incluso el dolor.
Me invitas a seguir bajando allí donde eres más íntimo que mi propia intimidad. Lo haces abrazándome, ese abrazo que anoche soñaba con ansías de volver a mi centro. Pero mi centro está en ti y cuando de una vez lo sepa, todo será bueno, y aparecerá, se manifestará lo que siempre ha estado y quizás quien siempre estuvo.
Bajamos donde sólo hay respirar y luz para mirar hacia arriba y ver con ternura el mundo de las formas, la frustración, el abandono y a tristeza. Y respiramos. Y antes de desaparecer me pides que adore y confíe. Que adore la vida también en su manifestación tangible, temporal, relativa. Ella es la historia de salvación donde se ha dado la emergencia de lo real, de tu misterio. Lo eterno manifestándose en lo caduco, en las lágrimas y en la risa, en el deseo y en su frustración. Las dos realidades dándose, una y la otra.
Para adorarte a ti, lo sagrado inefable, tengo que adorar esta carne, estos poros, esta necedad, esta impermanencia, mi contingencia.
Y en mi postración todo se ilumina. Adorando lo que lloro, lo que me pasa, lo que viene, lo que está... aceptando su necesidad, es como se diluye, se transforma, se convierte en lo único real, y dejamos de ser dos, para ser no dos. Y ya no hay el que llora y el que consuela, sino solo la paz sublime de todo lo que existe, el fondo mismo de lo que es.
Porque en lo hondo es donde te encuentras y me encuentro aunque ahora me sienta tan separado. Bajar de nuevo los peldaños para encontrar en el piso intermedio al niño al que hay que seguir consolando y al que miras con tanto cariño y respeto. Ahí estoy y me sitúo en mí mismo porque ahora te necesito como tú. Como tantos años lo fuimos.
Y en este estado intermedio dual donde somos dos que se aman, tú amante, yo amado, me abandono a mis fuerzas y en las tuyas, como antaño. Quiero descansar de mis años y del deseo, desahuciado como me encuentro de caricias certeras; porque tú sí sabes verme.
Una brisa refresca la estancia que me conforta y empieza a ser suave incluso el dolor.
Me invitas a seguir bajando allí donde eres más íntimo que mi propia intimidad. Lo haces abrazándome, ese abrazo que anoche soñaba con ansías de volver a mi centro. Pero mi centro está en ti y cuando de una vez lo sepa, todo será bueno, y aparecerá, se manifestará lo que siempre ha estado y quizás quien siempre estuvo.
Bajamos donde sólo hay respirar y luz para mirar hacia arriba y ver con ternura el mundo de las formas, la frustración, el abandono y a tristeza. Y respiramos. Y antes de desaparecer me pides que adore y confíe. Que adore la vida también en su manifestación tangible, temporal, relativa. Ella es la historia de salvación donde se ha dado la emergencia de lo real, de tu misterio. Lo eterno manifestándose en lo caduco, en las lágrimas y en la risa, en el deseo y en su frustración. Las dos realidades dándose, una y la otra.
Para adorarte a ti, lo sagrado inefable, tengo que adorar esta carne, estos poros, esta necedad, esta impermanencia, mi contingencia.
Y en mi postración todo se ilumina. Adorando lo que lloro, lo que me pasa, lo que viene, lo que está... aceptando su necesidad, es como se diluye, se transforma, se convierte en lo único real, y dejamos de ser dos, para ser no dos. Y ya no hay el que llora y el que consuela, sino solo la paz sublime de todo lo que existe, el fondo mismo de lo que es.
martes, 17 de febrero de 2015
Invitación a la espiritualidad
De José Arregui. Interesante, profunda y sabia reflexión sobre la espiritualidad.
"Quiero proponeros una invitación a la espiritualidad. También hoy, hoy de nuevo, necesitamos de espiritualidad. Una espiritualidad de siempre y, a la vez, una espiritualidad nueva, que responda a las luces y a las sombras de nuestra cultura. Y al decir espiritualidad, quiero decir: una vida alentada por el Espíritu que ilumina y consuela.
Voy a señalaros algunos rasgos de la espiritualidad que necesitamos hoy.
1. Una espiritualidad necesaria
Necesitamos de espiritualidad como de oxígeno, de agua, de pan.
Hace 25 años, J. Moltmann escribió:
“A mí me parece que hoy necesitamos de hombres que se encaminen hacia el desierto interior del alma y bajen hasta los abismos del yo para combatir a los demonios y experimentar la victoria de Cristo, o más sencillamente para garantizar una esfera de vida interior y, a través de la experiencia del alma, abrir el camino a los demás.
Y en nuestro contexto esto significa comprender el sentido positivo de la soledad, del silencio, del vacío interior, del sufrimiento, de la pobreza, de la sequedad espiritual y del ‘saber que ignora’.
Para los místicos este sentimiento consistía –según su forma paradójica de expresarse– en aprender a existir en la ausencia del Dios presente, o en la presencia del Dios ausente, y en soportar la ‘noche oscura del alma’ (Juan de la Cruz).
¿Puede valer esto mismo para nuestros días?”
(J. Moltmann, “Contemplación, mística, martirio”, en T. Goffi – B. Secondin, Problemas y perspectivas de espiritualidad, Sígueme, Salamanca 1986, p. 401).
Sí, puede valer para nuestros días, porque necesitamos liberarnos del miedo y reconciliarnos con nosotros mismos; porque no nos basta lo que tenemos, lo que sabemos, lo que podemos; porque necesitamos seguir creyendo en la bondad a pesar de todos los males que hacemos y padecemos; porque es preciso seguir esperando activamente en otro mundo mejor.
La espiritualidad no es un conjunto de creencias más o menos articuladas, aunque las creencias puedan existir e incluso inspirar.
La espiritualidad no es una serie de ritos, aunque los ritos pueden ser bellos y sanadores.
La espiritualidad no es un sistema de normas morales, aunque unos principios morales pueden ayudar a mantener abierto un horizonte ético sin el que la espiritualidad es puro engaño.
¿Qué es la espiritualidad? Es la vida con espíritu, la vida que respira, la vida alentada y empujada por el soplo, la brisa o el huracán. La espiritualidad es vivir en el Espíritu que habita en todos los seres, en el Espíritu que acompaña y consuela, que libera y da anchura, que nos hace prójimos y compasivos, nos hace capaces de paz y de armonía, nos enseña a mirar a todos los seres con atención, respeto, miramiento.
Nos permite ver que todo es sagrado y admirarlo y cuidarlo. También nosotros somos sagrados y debemos cuidarnos.
2. Espiritualidad para un tiempo nuevo
Sería pretencioso pensar que justo a nosotros nos ha tocado vivir la mayor transición de la historia universal. Todos los tiempos son de transición. Pero no todos los tiempos conocen una significativa transición cultural o epocal, y hay muchos indicadores de que hoy nos hallamos en medio de una de esas grandes transformaciones de la historia humana, de que estamos en el umbral de una nueva época.
El paso de la cultura nómada de los cazadores/recolectores a la cultura sedentaria de la agricultura, hace 9.000 años, constituyó un hecho crucial en la humanidad, lleno de consecuencias religiosas (todas las grandes religiones universales del pasado o del presente nacieron en la cultura agraria y responden a su cosmovisión, reproducen sus instituciones).
Hace solamente 200 años, la industrialización empezó a cambiar la agricultura y la visión del mundo (las religiones se resistieron).
En nuestros días, la era industrial está dando paso a la era de la información: la información aumenta en un grado hasta hace pocos años inimaginable y circula a una velocidad inusitada hasta ahora, y el futuro no lo podemos ni imaginar; el conocimiento se fragmenta, las verdades se tambalean, las instituciones se resquebrajan. El pluralismo es inevitable. Pero las religiones se siguen resistiendo.
Sin embargo, se puede prever que la transformación cultural, tarde o temprano, traerá consigo una transformación espiritual y religiosa, análoga a aquella que se dio en torno al año 500 a.C., el llamado “tiempo eje” (de Buda, Mahavira, Confucio y Lao zi; de Isaías, Jeremías y Ezequiel; de Heráclito, Sócrates, Platón y Aristóteles…).
Se va abriendo una nueva visión integral del mundo, un nuevo paradigma: el paradigma evolutivo y holístico, el paradigma de la interrelación dinámica. Todo está relacionado con todo en todos sus puntos, y todo está en evolución y transformación permanente.
El mundo antiguo está en crisis. La crisis económica es la crisis de todo un modelo cultural, de una forma de desarrollo, de producción, de relación, de ser. Y Einstein dijo con razón: “Los problemas provocados por un modelo no se pueden resolver dentro de ese modelo”. Eso vale, sin duda, para la ciencia, pero también debiera valer para la política y la economía. Y debiera valer igualmente para la religión.
¿Qué sucedería si las religiones asumieran, que algún día tendrán que asumir, este nuevo paradigma? Promoverían una enorme transformación espiritual planetaria. No podrá darse la transformación planetaria sin esta transformación espiritual. La transformación ha de ser también espiritual, y la espiritualidad ha de promover la transformación. Pero es indispensable para ello que las religiones desplieguen su alma espiritual más allá y a través de todas las formas.
3. Una espiritualidad más allá de la religión
Nuestras iglesias, espacios tan bellos de luz serena y de piedra silenciosa, empezaron a quedarse vacías en los años 50. Aún vacías –llenas del vacío de todas las cosas que no son el Todo pero son su sacramento– siguen siendo bellas y sagradas, están habitadas por el Misterio que nos acoge a todos (¡y todos estamos tan necesitados de ser acogidos!).
Pero las iglesias vacías empezaron a ser el síntoma de un éxodo más profundo. Fue quedando desierta la Iglesia, patria espiritual de innumerable gente buena, pero también gigantesco andamiaje histórico sin espíritu y sin vida.
Los intelectuales no encontraban inspiración en ella, y la mayoría se fue, muy a menudo en silencio, por pura asfixia espiritual no pocas veces.
La gente de izquierda no hallaba en ella eco a sus protestas y esperanzas y, profundamente decepcionados durante siglos, casi todos se fueron.
Los jóvenes no se sentían acogidos por ella en sus críticas y anhelos, y también se fueron, se fueron en masa.
No obstante, muchos tuvieron la sensación de que, al irse, se llevaban lo mejor: Jesús de Nazaret con su rebeldía y sus bienaventuranzas. Jesús el profeta inspirado y arriesgado. Jesús el manso y humilde de corazón. “No a la Iglesia, sí a Cristo”, declaraban entonces muchos, para excusar su marcha y no sentirse huérfanos del todo. No les faltaba razón.
Luego, entre los años 60 y 90, se fueron sucediendo otras divisas distintas, testigos elocuentes de la transformación, insospechada como imparable, que se está produciendo en la cultura religiosa del mundo actual, al menos en el Occidente europeo. “No a Cristo, sí a Dios”, alegaron algunos, viendo que Dios podía unir a muchos creyentes separados por dogmas cristológicos (“de la misma sustancia que el Padre”, “naturaleza humana y naturaleza divina”…). También ellos tenían sus buenas razones, pues era claro que el lenguaje de los dogmas resultaba ininteligible.
Pero otros no tardaron en anunciar: “No a Dios, sí a la religión”, pues, entretanto, “Dios” se les había antojado como una estatua muerta o un soberano peligroso, mientras que la religión podía ser algo todavía necesario, un mundo de sentimientos humanos y vivos, más allá y más acá, eso sí, de toda religión establecida o de toda institución religiosa.
En esta perspectiva abundan quienes, en la última década, proclaman abiertamente: “No a la religión, sí a la espiritualidad”. Sí a una espiritualidad mística y laica, liberada de credos y jerarquías. No a una religión apresada en las mallas, tan sutiles y obstinadas, del dogma, de la moral y del poder, o simplemente del miedo.
El miedo es muy humano, pero fácilmente deshumaniza. Y donde hay miedo, tal vez haya religión, pero ciertamente no hay espiritualidad, porque el miedo impide respirar y la espiritualidad es respiro.
Yo no creo que sea bueno reivindicar la espiritualidad contra la religión, a no ser que uno haya llegado a aquel estado de plenitud simple, de vacío pleno, en que el Espíritu anima del todo cada respiración y cada paso. La inmensa mayoría no estamos todavía ahí, y es bueno cuidar el rito y la palabra, volver a los textos “sagrados” y los dogmas de siempre para releerlos y dejarnos inspirar; es bueno reunirnos para rezar las oraciones de siempre, para danzar, cantar y callar, para mantener encendida la llamita común de la esperanza, para consolarnos de las penas de la vida y –así los cristianos–fortalecernos con el pan de Jesús.
Creo que la inmensa mayoría de los que nos llamamos “creyentes” y queremos vivir la espiritualidad necesitamos de alguna forma de religión, sin sujetarnos a ella, y sin censurar a los que quieran prescindir en absoluto de toda forma establecida.
Es bueno que sigamos practicando la religión aquellos que la necesitemos para vivir la espiritualidad, y que el Espíritu nos inspire en las formas. Pero no es bueno que dejemos ahogar el Espíritu en las formas religiosas. Entonces la religión está muerta o ha de morir.
“Las religiones mueren cuando fallan sus luces”, escribió el gran teólogo W. Pannenberg.
Las religiones mueren cuando dejan de inspirar, iluminar, consolar.
Las religiones mueren cuando obligan a los creyentes a aferrarse a las creencias, por fundamentales que se consideren y por esenciales que parezcan ser (en realidad, nunca son esenciales; la “esencia” de toda religión es el Espíritu que sopla, refresca y relanza).
Las religiones mueren cuando ligan el amor a unos mandamientos absolutos y supeditan el consuelo del perdón a unas condiciones.
Las religiones mueren cuando se convierten en sistemas de dominación y de subordinación mutua. Y hay síntomas que no engañan: una religión está muerta o se va muriendo cuando estrecha espacios para la pluralidad y la tolerancia, cuando apela de continuo a la autoridad, cuando blande la amenaza, cuando multiplica condenas y advertencias, cuando olvida la misericordia y exhibe el poder.
Y no hablo sólo de instituciones religiosas. Ningún creyente está exento de estas tentaciones, y cada uno debe empezar por mirarse a sí mismo y dejar que el Espíritu detecte nuestros engaños dándonos consuelo, pues Él no sabe juzgar si no es consolando. “Luz que penetra las almas, fuente del mayor consuelo”. Fuente del mayor consuelo.
4. El mayor peligro es el fundamentalismo
El cristianismo en el que hemos sido formados y que en buena parte sigue aún en pie se ha desarrollado en una sociedad sólida y muy estable. La fe se apoyaba en una cosmovisión de certezas firmes y, a su vez, contribuía como lo que más a dotar a la cultura de cohesión y estabilidad. Los creyentes se hallaban firmemente enraizados en la realidad, y la religión ofrecía el sistema último de certezas que les sostenían y fundaban.
Pero he aquí que se ha producido un cambio drástico de panorama. La Modernidad y la industrialización han ido plasmando unos cambios profundos que el Renacimiento ya anunciaba de lejos. La era postindustrial de la información en la que nos hallamos no hace sino radicalizar esos cambios.
Mal que bien, la Iglesia ha podido resistir en los últimos siglos a lo que se consideraban embates del mal. Pero todos los indicios apuntan a que la resistencia se está agotando. La realidad acaba por imponerse.
¿Y cuál es hoy esta realidad? Una realidad absolutamente compleja y marcada por la conciencia de la complejidad. Con todos nuestros saberes, o tal vez por ellos, el mundo nos resulta hoy mucho menos evidente que hace unos siglos o que hace solamente cincuenta años.
Los sociólogos hablan de una “intransparencia irreductible”, o del “final de la evidencia y la visibilidad” o, más en general aún, de “la falta de rotundidad” (D. Innerarity) de la realidad en su conjunto y de la sociedad en particular. Efectivamente, nada es rotundo y seguro.
Y la espiritualidad es esa libertad interior para vivir en paz en la intemperie, sin aferrarse a ninguna seguridad. La búsqueda de sistemas de seguridad vuelve a ser hoy la gran tentación de las religiones.
El gran peligro espiritual de hoy no es el agnosticismo, ni es el ateísmo. Ni el hedonismo, el relativismo, el indiferentismo y esas cosas que tantas veces escuchamos denunciar en los discursos eclesiásticos. El gran peligro de hoy para las religiones es el fundamentalismo.
La espiritualidad nos reconcilia con la duda, la incertidumbre, la búsqueda. Necesitamos una espiritualidad sin espíritu de secta, sin pesimismo apocalíptico, sin actitudes defensivas, sin agresividad doctrinaria.
Una espiritualidad que cuida la identidad y la mantiene abierta, flexible, viva.
Una espiritualidad a menudo perpleja, sí, pero no resignada, ni amargada, ni escéptica.
Una espiritualidad dialogante y amable, que sabe que la verdad y el bien no son posesión suya, pero que no por ello renuncia a ser testigo de la gracia que la hace vivir.
5. Espiritualidad de la vida
“Espiritualidad de la vida” es una expresión redundante. La espiritualidad no es algo específico y separado, sino la confianza en la vida que se expresa en todas nuestras manifestaciones vitales. Por eso se podría mirar esta nueva espiritualidad como un nuevo estilo de vida: una manera de mirar, sentir, relacionarse, vivir.
La vida es un gran misterio, envuelto en un misterio más grande aun. Cuanto más avanzan las ciencias, más se maravillan, no solamente de cómo es la realidad, sino de que sea y viva. En realidad, más allá del concepto estricto de vida biológica, se puede decir todo cuanto es vive, está animado, se mueve, se transforma.
El Espíritu es “aliento vital” presente en el corazón de cuanto es. Es fons vitae, fuente de vida. Es la viriditas primaveral de la vida, como lo llama Hildegarda de Bingen. Es como el verdor de la primavera y de todo cuanto vive.
Es vitalitas de Dios que está presente en todos los seres vivientes y se traduce en “amor a la vida”. El amor a la vida, el querer vivir se manifiesta en todos los seres vivos. No sólo viven, sino que también quieren vivir.
“En las rebeliones de los cuerpos y de la tierra se detectan hoy signos que indican que las criaturas quieren vivir. En este mundo, con su moderna enfermedad mortal, la verdadera espiritualidad consistirá en recuperar el amor a la vida y, por tanto, la vitalidad. El sí total y si reservas a la vida y el amor total y sin reservas a todo lo que vive son las primeras experiencias del Espíritu de Dios”
(J. Moltmann, El Espíritu de la vida, Sígueme, Salamanca 1998, p. 111).
Cuanto es quiere ser más plenamente, porque está animado por el Espíritu de Dios. Cuanto vive quiere vivir más plenamente, porque está atravesado por la corriente de la vida. La creación no está acabada. La vida, la conciencia, la libertad… todo está en camino, movido por la aspiración e inspiración universal del Espíritu. Y la muerte forma parte de la vida en su forma actual, pero también cuanto muere quiere seguir viviendo, quiere transfigurarse, quiere “resucitar” en una vida sin daño ni muerte, en la primavera definitiva y universal de la vida.
6. Espiritualidad de la carne, del cuerpo
“Espíritu” nos sugiere lo que no es materia o carne o cuerpo. Ahora bien, en la Biblia “espíritu” no es lo opuesto a la carne, ni lo separado de la carne, sino el aliento, el soplo o el viento de Dios que anima la carne, toda carne.
Y decir carne es decir la realidad del mundo tal como es en su finitud y apertura misteriosa. Decir carne es decir el mundo del que formamos parte los seres humanos en comunidad de ser con todos los seres. No hay mística del alma sin mística del cuerpo.
La espiritualidad ha de ser, pues, necesariamente una “espiritualidad del cuerpo”
(J. Moltmann, El Espíritu Santo y la teología de la vida, Sígueme, Salamanca 2000, p. 102).
Amamos como cuerpo, confiamos como cuerpo, oramos como cuerpo. Para ser espirituales necesitamos relajarnos, liberarnos de las tensiones físicas y mentales. Para ser espirituales necesitamos respirar bien y sentirse bien en nuestro cuerpo, lo que no significa que hayamos de tener un cuerpo perfecto y gozar de una salud perfecta.
Moltmann observa atinadamente que el amor a la vida…
“nada tiene que ver con los ídolos de la salud, propios de la sociedad tardoburguesa, que venera la fuerza vital como ‘fuente de rendimiento’. La angustia por la pérdida de sentido de la vida real es lo que lleva al hombre moderno a recurrir a medios que potencien la vitalidad.
Así pues, no sólo hay que proteger la vitalidad que surge del amor a la vida contra su entumecimiento en las rutinas de la sociedad tecnológica, sino también contra el culto a la salud, tan propio de la moderna sociedad del rendimiento, y que tantas enfermedades procura al hombre”).
El Espíritu de la vida, o.c., p. 100
El placer es bueno, es necesario, y es espiritual. Todos nuestros placeres son placer de Dios. El Espíritu de Dios se place en nuestros placeres y en los placeres de toda la creación.
También (aún hace falta decirlo para muchos cristianos), también el placer sexual. El placer sexual es bueno y santo. Es la proyección distorsionada del deseo y el afán de posesión los que hieren la vida (y eso tiene más que ver con las construcciones de nuestra mente o de nuestra alma que con la biología propiamente dicha, aunque naturalmente la mente o el alma son, naturalmente, la “nueva dimensión humana” que “emerge” de las células del cerebro biológico).
7. Espiritualidad de todos los sentidos
La espiritualidad del cuerpo es espiritualidad de los sentidos. Somos cuerpo del mundo que siente. Somos cuerpo de Dios que siente, ¿por qué no decirlo?
He aquí un bello texto de J. Moltmann, comentario crítico de un bello texto de San Agustín:
“Una tarde leí en Agustín [Confesiones X 6, 8]:
«¿Pero qué es lo que yo amo, cuando Te amo a Ti? No amo la belleza de un cuerpo ni el ritmo del tiempo que se mueve; no amo el brillo de la luz, tan amable a los ojos, ni las dulces melodías en el mundo de toda suerte de tonos; no amo el aroma de las flores, de los ungüentos y especias; no amo el maná ni la miel; no amo los miembros del cuerpo, tan deliciosos en el abrazo carnal. Nada de todo eso amo yo, cuando amo a mi Dios.
Y sin embargo, amo una luz y un sonido y un aroma y un alimento y un abrazo de mi hombre interior. Allí brilla a mi alma lo que no abarca ningún espacio, allí suena lo que no arrebata ningún tiempo: allí se exhala un perfume que ningún viento disipa: allí se paladea lo que no vuelve insípida ninguna saciedad; allí se une lo que ningún hastío separa. Eso es lo que yo amo, cuando amo a mi Dios».
“Y yo le respondí aquella noche:
«Cuando yo amo a Dios, entonces yo amo la belleza de los cuerpos, el ritmo de los movimientos, el brillo de los ojos, los abrazos, los sentimientos, los perfumes, los sonidos de esta creación variopinta. Todo quisiera yo abrazarlo cuando yo, Dios mío, te amo a ti, porque yo te amo con todos mis sentidos puestos en las criaturas de tu amor. Tú me esperas en todas las cosas que se encuentran conmigo»”.
Ves el sol ponerse en el horizonte y tus ojos contemplan a Dios en su anchura, o es como si Dios contemplara en tus ojos sin fin. Hueles una flor y hueles los aromas de Dios, o es como si Dios se gozara en todos los aromas. En la piel que palpas a Dios, o es Dios que te palpa y te acaricia. Y así con todos los sentidos.
Los sentidos nos abren acceso al mundo como sacramento de Dios. Cada ser es el Todo. Cada instante, en el aquí y el ahora, es la eternidad.
La espiritualidad de los sentidos es la espiritualidad del gozo, del respiro, del descanso para todas las criaturas. Tras seis días de trabajo, los seres humanos descansan, respiran, se sienten hermanos de todos los seres, dejan descansar a la naturaleza en la paz y el gozo de Dios. Y sienten que es verdad aquel estribillo del poema de la creación: “Todo era bueno”, ”todo era muy bueno”. El día del descanso, todos nuestros sentidos sienten que algún día habremos de gozar en el sábado de la vida en la comunión de todos los seres.
8. Espiritualidad ecológica y liberadora
“Cuando hablo de espiritualidad pienso en un nuevo sentido de ser, en un nuevo sueño colectivo, entretejido de valores infinitos como la cooperación, la solidaridad, el respeto a cada ser, el cuidado de toda la vida, la armonía con la naturaleza, el amor a la Madre Tierra y la pluralidad de expresiones de lo Sagrado”
(Boff, “Crisis y ejemplos-semilla”, en Atrio, el 3-04-2009).
Necesitamos una espiritualidad ecológica, una nueva manera de situarse ante la naturaleza que somos, ante todos los seres que son nuestros hermanos y hermanas. “El grito de los pobres y el grito de la Tierra” son el mismo grito.
Necesitamos una espiritualidad basada en la interrelación de cosmos y humanidad, materia y espíritu. Una espiritualidad que propicie nuestra armonía con el Cosmos.
Una espiritualidad que repare la ruptura secular entre Dios y creación, una ruptura que ha predominado en la tradición occidental y que ha convertido a Dios en una figura separada, alejada del mundo. Una espiritualidad que redescubra el misterio de Dios en el corazón del Cosmos y contemple el Cosmos en el misterio de Dios.
Una espiritualidad que “profetiza la jovialidad del Verbo que asumió la carne humana en su eterna fragilidad y, a través de ella, de todo el cosmos, y del Espíritu que habita con sus energías la totalidad del Universo”
(L. Boff, Ecología: grito de la tierra, grito de los pobres, Trotta, Madrid 1996, pp. 85-86).
Es preciso reconocer la espiritualidad y la “divinidad” de toda la materia. Es preciso entonar un nuevo “himno a la materia”, que tal vez no sea sino pura energía y espíritu, que ciertamente no es -para los ojos del creyente- sino una manifestación del Espíritu de Dios.
Es preciso que hagamos nuestra la vieja sabiduría de las tribus que afirman: “El espíritu duerme en la materia, se despierta en la flor, siente en el animal, sabe que siente en el hombre” y -ha añadido Boff- “siente que siente en la mujer”.
Necesitamos una espiritualidad animada por la cortesía y la gentileza para con todas las criaturas, tratadas como hermanas.
Una espiritualidad que percibe la materia no con los ojos de Descartes, como una extensión inerte y opuesta al espíritu, sino con los ojos de Francisco de Asís, como criatura hermana: hermana agua, hermano fuego y hermano aire, hermana madre tierra que somos y que nos hace ser.
Una espiritualidad capaz de intuir en un trozo de piedra el Espíritu que duerme y danza, que sueña y juega y crea.
Necesitamos una espiritualidad que mira el universo como una trama de relaciones, en la que todo está en comunión con todo, y todo está fundado en un Dios que es “fundamental y esencialmente comunión, vida en relación, energía en expresión y amor supremo”.
Una espiritualidad que mira en “el universo en formación, una metáfora de Dios mismo, una imagen de su exuberancia de ser, de vivir y de colaborar”
(L. Boff, Ecología, o.c., p. 185).
Una espiritualidad fundada sobre la presencia universal del Espíritu y del Logos de Dios en todo el universo, desde la partícula subatómica hasta las galaxias más lejanas.
Una espiritualidad fundada sobre la fe en un Dios que sigue creando, cuyo dinamismo creador es universal y siempre activo desde dentro mismo de la creación, de la que formamos parte; un Dios que ha dado a cada ser el poder de ir haciéndose en relación con todos los seres; un Dios que ama cuanto es y que “sostiene todas las cosas con su palabra poderosa” (Heb 1,3).
Una espiritualidad de “la ternura del Dios de los oprimidos”, de todas las criaturas oprimidas. Necesitamos una espiritualidad que comparta la esperanza de liberación y el gemido de la creación entera (Rm 8,20-22).
Una espiritualidad corpórea y sensible, convencida de que “no hay redención personal sin la redención de la naturaleza humana y de la naturaleza de la tierra, a la que los seres humanos están ligados indisolublemente porque conviven con ella”
(J. Moltmann, El camino de Jesucristo, Sígueme, Salamanca 1993, p. 382).
La bendición del descanso sabático se extiende a todos: hombres y mujeres. padres e hijos, empresarios y trabajadores, hombres y animales.
En el séptimo día, según la concepción judía, se hospeda «la reina Sabbat» en las familias de Israel, y se realiza la shekiná o la presencia de Dios en su pueblo y en el mundo entero. Dios habita en medio de su pueblo exiliado, Él mismo exiliado, hasta que se realice enteramente la morada conjunta de Dios y de todas las criaturas.
9. Reinventar a Dios
“Inventar” viene del latín invenire, que significa “encontrar”. “Inventar a Dios” no significa crearlo de la nada, sino descubrirlo siempre nuevo y creador en el corazón de toda la creación en marcha, para decirlo con palabras también nuevas, con imágenes sugerentes capaces de expresar lo inexpresable.
No queremos ni podemos dejar de creer en Dios en nuestro tiempo. Pero tal vez no podamos creer de la misma manera en que lo hemos hecho. Todo lo que vive se transforma, y también se transforman la fe viva y la palabra.
Nuestros tiempos nos ofrecen la gracia de creer en un Dios más creíble. Y nos damos cuenta de que los pocos ateos que quedan y los muchos agnósticos que aumentan nos ayudan precisamente a creer en un Dios más digno de fe.
No podemos creer en un Dios Padre, Señor, Rey, soberano, omnipotente. Un Dios inmutable, separado y lejano. Un Dios autoritario, providente y vigilante. Un Dios que se revela solamente a quien quiere, que ha elegido a un pueblo más que a otros, que atiende e interviene cuando quiere. Un Dios que impone normas intocables y exige culto. Un Dios que se ofende y aíra, que pone a prueba y castiga. Un Dios que se impone y da miedo.
No, en ese Dios no podemos creer, porque no es verdadero, porque simplemente no existe. “Los conceptos de Dios rancios, simples u obsoletos ya no satisfacen. Sin embargo, nacientes ideas de diversos contextos del mundo recogidas en la teología se prevén mucho más sabrosas”
(E. Johnson, La búsqueda del Dios vivo, Sal Terrae, Santander 2008, p. 18).
Así, por ejemplo: Dios crucificado de la compasión, Dios liberador de la vida, Dios en femenino, Dios que rompe las cadenas, Dios compañero de fiesta, Dios siempre mayor de todas las religiones, Espíritu creador en un mundo en evolución, Dios vivo del amor “trinitario”…
Creo que nuestro tiempo nos invita a revisar en buena parte nuestra representación de Dios, tanto imaginaria como conceptual. Y “el eje de esa nueva concepción no será la distinción entre Dios y el mundo, sino el conocimiento de la presencia de Dios en el mundo y de la presencia del mundo en Dios”
(J. Moltmann, Dios en la creación. Doctrina ecológica de la creación, Sígueme, Salamanca 1997, p. 26)
Es bueno creer en el Dios que lo habita todo y en quien todo habita, el “Dios, en quien vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28). Un Dios que no es parte del mundo ni la totalidad del mundo, pero que tampoco es alguien ni algo exterior al mundo y separado de él.
Un Dios en quien el mundo es y todos somos como el niño en la madre y mucho más, como la luz en la llama y mucho más, como el sentido en la palabra y mucho más, como el espíritu en el cuerpo y mucho más.
Un Dios que es la Gran Realidad de toda realidad, y que no está “más allá, fuera del mundo, sino más acá, en la profundidad de las cosas, como su fundamento y su misterio”
(J. Alvilares, Dios en los límites, PPC, Madrid 1999, p. 40).
Un Dios que es el corazón de la realidad que nos rodea, que nos constituye, que somos. Un Dios que todo lo anima, lo sostiene, lo habita.
Dios no es ni trascendente ni inmanente al mundo y a todos los entes. No es un objeto que podemos ver, conocer, pensar. No es un ente entre los entes. No es el Super-Ente. Es el Ser de todo cuanto es.
O, como dicen los Upanishads indios, no es lo que el ojo ve, sino El que ve en el ojo; no es lo que el oído oye, sino El que oye en el oído; no es lo que el pensamiento piensa, sino El que piensa en el pensamiento; no es lo que los sentidos sienten, sino El que siente en todos los sentidos…
Dios es el Misterio que funda, precede, acompaña. La presencia que sufre y goza en todos los seres.
“El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve”
O también:
“Los ojos porque suspiras,
sábelo bien,
los ojos en que te miras
son ojos porque te ven.”
(A. Machado).
San Juan de la Cruz lo dijo con la imagen, de incomparable belleza, de los ojos por los que somos dulcemente mirados desde el fondo de nuestro ser.
“Oh cristalina fuente
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados”.
Termino con esta bella oración de Javier Melloni:
“¡Oh Profundidad infinita que asomas por doquier!,
danos la obertura de la mente y del corazón
para que podamos reconocerte en todo.
Que cada instante sea el camino por el que volvamos a ti
del mismo modo que tú vienes a nosotros en cada situación.
Que todo momento sea la oportunidad y la celebración
de este encuentro que se hace transparente a tu Presencia”.
José Arregi
Comunicación con motivo de la presentación de su libro en Donostia (8 nov) y Madrid (11 nov)
viernes, 6 de febrero de 2015
A los fallecidos en el Tarajal, en el primer aniversario de su muerte
A los fallecidos de la frontera del Tarajal, en el aniversario de su muerte.
Del salmo 26 (Salmo del día de hoy).
El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?
Aunque es de noche, tu luz no me falta. Nos hemos concentrado, unos 300 en la explanada. Los líderes nos han movilizado porque dicen que hoy puede ser un buen día para ello. Lo hemos intentado por la valla pero ha sido imposible. Un grupo de varias decenas nos hemos acercado a la costa. Hoy tenía que intentarlo. A pesar de que el mar sigue imponiéndome, hoy parece en calma de una manera extraña. Un grupo de amigos me ha animado a que me una a ellos. Son 10 meses viviendo en el bosque, esa situación de superviviencia, de alerta continua, de ataques a nuestros campamentos, de no poder avanzar ni retroceder, está mermando mis ánimos. El Señor me ha protegido todo el viaje, en Él he puesto mi confianza, no puede fallarme en estos últimos momentos. Las luces de la ciudad de Ceuta han sido durante este tiempo como el resplandor de la tierra prometida, una guía, un impulso... Nos dicen que es posible que la Guardia Civil esté al otro lado vigilando, pero son españoles, nos trataran mejor que lo han hecho los guardias marroquíés todos estos meses porque en Europa se protegen los derechos humanos. ¿A quien voy a temer Señor, si tú eres mi faro? Comienza a amanecer, adelante!
El Señor es la defensa de mi vida ¿Quien me hará temblar?
Somos un grupo numeroso, varias decenas. No sé nadar demasiado bien porque en mi país vivo muy lejos del mar. Pero temo por alguno de mis compañeros que todavía nadan peor que yo. Parece que no es mucha distancia. Hay que intentarlo. Tú eres mi fuerza, nada puede amedrentarme porque tú, Señor, vas conmigo. Hay que nadar rápido, sabemos que hay guardias a los dos lados. Es lo último que nos han dicho. Pero...
Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla...
Suenan disparos. ¿Cómo es posible? Somos 30 o 40 personas desarmadas, indefensas, dentro del agua. Siento como una especie de proyectiles pasar cerca mía, no es posible! algunos compañeros gritan, comienza el caos... se siguen escuchando detonaciones y se ve humo, como de gases lacrimógenos... siento un impacto en mi hombro... el dolor es terrible, pero hay que seguir, mi corazón no tiembla, mi corazón no tiembla.
Si me declaran la guerra me siento tranquilo.
Pero por qué la guerra? Somos gente pacífica, sólo queremos realizar el sueño de una vida mejor. En el caos creado siento que hay compañeros que gritan por su vida. Son pelotas de goma y vienen de suelo español. A pesar de lo cerca que estamos es imposible llegar. Grito socorro, el dolor en el hombro no me permite seguir nadando, voy perdiendo las fuerzas. Creo haber visto algún compañero flotar, hay barcos alrededor que empujan cuerpos hacia el lado marroquí, no sé si vivos o muertos. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro... que mi confianza no desfallezca, me trajiste hasta aquí, no puedes fallarme. Quién llamará a mi madre?
Un impacto brutal en la cabeza me hace perder el conocimiento... Se acaba la angustia.
Ahora... él me protegerá en su tienda en este día del peligro. Me esconderá en lo escondido de su morada. Me alzará sobre una roca. Y allí seré baluarte contra la injusticia, piedra de choque para los exculpados, para los gendarmes de leyes que cercenan la dignidad, el Derecho, la Vida. Ahí, tropezarán y caerán. Me convertiré en bandera que recuerde lo que no se hizo y lo que se hizo mal. Levantaré mi cabeza ante el enemigo que me cerca.
No me rechaces, Señor. Tú sigues siendo el auxilio de los olvidados. Cantaré y tocaré para ti, después de la gran tribulación.
miércoles, 1 de octubre de 2014
Retazos de mística adolescente
Septiembre del 96.
Canto a María
Canto a María
Madre María
Siendo mi vida pequeña, llegaste a ella
susurrando una palabra.
Sentí que hospedarte querías
y habitar en mi alma, y te hice mi dueña.
Y dormido en tu silencio
me enseñaste a orar
viendo a un Dios en tu mirada,
me enseñaste a orar.
Rozando el calor de tu mano, divisé un sendero
que podíamos juntos desandar.
A llamarte "madre" mis labios aprendieron.
Madre María
Madre María has bajado a mi tierra
para hacer casa en mi corazón.
Como mil gotas de lluvia en alma seca
has derramado la gracia de Dios.
Madre María has plantado en mi ser
las maravillas que Él puso en tu alma.
Gritaste fuerte y calmaste mi sed
que en mi miseria hay un Dios que me ama.
Cuando mi vida creía y quise, solo
recorrer mil camino
Sentí en mi alma vacía tu bendición
como en el alba el rocío.
Y perdido en mi silencio
sentí el beso del dolor.
De nuevo, juntos, abrazamos
aquella cruz donde muríó.
Madre María
Me enseñaste una bella canción
que habla de un Reino donde Dios se hace pobre.
Y recordé tu nombre, Madre, y mi elección.
Madre María
Madre María me has dado en los brazos
a aquel Jesús que nació en Belén.
Veo en mi vida tu luz como regalo;
es tu presencia que enciende mi fe.
Madre María, hazme templo de Dios.
Llena mi vida y cambia mi historia.
Haz de mi alma una tierra de amor;
haz de mi ser Tierra de misericordia.
9 de septiembre de 1996
Quiero ser, mi Señor, en ti, como el árbol plantado cerca del arroyo. Hundir mis raíces en tus manantiales de agua viva y no temer al calor de mis temores. Rozar mis entrañas de la frescura de tus corrientes y sobre todo, pintar en mis ojos, en mi sonrisa y en mi voz el verde de la esperanza a pesar de lo gris que me envuelva.
17 de septiembre de 1996
Quiero llenar mi vida de ti, Señor. Quiero que ocupes mis pensamientos para siempre. Que seas el eje sobre el que gire. No quiero reducirte a este momento. Quiero ser un hombre nuevo, un hombre de Dios; contigo en el centro de mi existencia todo tendrá más sentido. Cambia mis esquemas. Quiero vivir enamorado de ti dedicándote mis suspiros e ilusiones. Hazte el centro de mi vida, Señor.
18 de septiembre de 1996
Llevar tu cruz con una sonrisa en mi alma, Jesús. Mil motivos de gozo embargan mi corazón. Quiero verte como antaño, mi Dios, aunque las lágrimas broten incontroladas. Siempre alegre para infundir al mundo la sonrisa por tu presencia en mi vida. Sonreír siempre. Si mis hermanos no te ven en mi rostro es imposible poder transmitirles tu amor. Hazme un corazón alegre para poder estar en medio de una tierra que llora.
27 de septiembre de 1996
Hoy quisiera estar allí como otras veces. Hoy he comprendido que su lenguaje formaba parte del universal idioma del amor. Ahora por fin sé que era un canto de alabanza eterno del que yo no podía participar por no ser humilde de corazón. Pero, sin embargo, había notas imprecisas que no me eran ajenas y que se unían en su extenuación a la melodía misteriosa y oculta en mi alma. Hoy comprendo su canción. O al menos intuyo su susurro. Aquella complicidad intensa que captaban las plantas de mis pies. Aquel mascullar ininteligible que hacía vibrar mi ser. Aquella unión tan acorde del silbo de la brisa, del desgarre de la hoja seca, del cristal del agua, del grito del insecto, de la reverencia del monte, del baile del árbol... no eran más que las notas agudas de la melodía. Hoy quiero unirme, aunque sea en voz baja y desafinada. Hoy quiero participar, aunque sólo sea un instante y cantar tu estribillo, Señor: Bendito seas, Creador amable, por hacerme partícipe de tu obra. Alabado y glorioso sea tu nombre más allá de lo infinito.
29 de septiembre de 1996
Señor, Dios bueno, creo pero aumenta mi fe. Creo que con tu bondad divina intervienes en mi vida con designios de misericordia. Hoy me rido a tus plantas y te suplico que sanes a mi madre. No te pido que desaparezca su enfermedad si esa no es tu voluntad, tan sólo que la hagas salir de este mal momento. Señor, sánala. Creo firmemente que puedes hacerlo. Siempre me escuchas, mi Dios. Te lo pido en el nombre de tu Hijo Jesucristo y con la confianza plena de que puedes hacerlo. Tócala con tus manos benditas y que el amor que ellas irradian destierren el mal de su cuerpo. Señor, atiendo mi oración. Tú puedes hacerlo. Ya es bastante por hoy. Gracias porque siempre me escuchas.
domingo, 24 de agosto de 2014
El baile de la obediencia
El baile de la obediencia
por Madeleine Delbrel(24/10/04 - 13/10/64)
por Madeleine Delbrel(24/10/04 - 13/10/64)
Si estuviéramos contentos de ti, Señor,
no podríamos resistir a esa necesidad de danzar que desborda
el mundo y llegaríamos a adivinar qué danza es la que te gusta
hacernos danzar, siguiendo los pasos de tu Providencia
Porque pienso que debes estar cansado
de gente que hable siempre de servirte
con aire de capitanes;
de conocerte con ínfulas de profesor;
de alcanzarte a través de reglas de deporte;
de amarte como se ama un viejo matrimonio.
Y un día que deseabas otra cosa
inventaste a San Francisco
e hiciste de él tu juglar.
Y a nosotros nos corresponde dejarnos inventar
para ser gente alegre que dance su vida contigo.
Para ser buen bailarín contigo
no es preciso saber adónde lleva el baile.
Hay que seguir, ser alegre,
ser ligero y, sobre todo, no mostrarse rígido.
No pedir explicaciones de los pasos que te gusta dar.
Hay que ser como una prolongación ágil y viva de ti mismo
y recibir de ti la transmisión del ritmo de la orquesta.
No hay por qué querer avanzar a toda costa
sino aceptar el dar la vuelta,
ir de lado, saber detenerse y deslizarse en vez de caminar.
Y esto no sería más que una serie de pasos estúpidos
si la música no formara una armonía.
Pero olvidamos la música de tu Espíritu
y hacemos de nuestra vida un ejercicio de gimnasia;
olvidamos que en tus brazos se danza,
que tu santa voluntad es de una inconcebible fantasía,
y que no hay monotonía ni aburrimiento
más que para las viejas almas
que hacen de inmóvil fondo
en el alegre baile de tu amor.
Señor, muéstranos el puesto
que, en este romance eterno iniciado entre tú y nosotros,
debe tener el baile singular de nuestra obediencia.
Revélanos la gran orquesta de tus designios,
donde lo que permites toca notas extrañas
en la serenidad de lo que quieres.
Enséñanos a vestirnos cada día con nuestra condición humana
como un vestido de baile, que nos hará amar de ti
todo detalle como indispensable joya.
Haznos vivir nuestra vida,
no como un juego de ajedrez en el que todo se calcula,
no como un partido en el que todo es difícil,
no como un teorema que nos rompe la cabeza,
sino como una fiesta sin fin donde se renueva el encuentro contigo,
como un baile, como una danza entre los brazos de tu gracia,
con la música universal del amor.
Señor, ven a invitarnos.
no podríamos resistir a esa necesidad de danzar que desborda
el mundo y llegaríamos a adivinar qué danza es la que te gusta
hacernos danzar, siguiendo los pasos de tu Providencia
Porque pienso que debes estar cansado
de gente que hable siempre de servirte
con aire de capitanes;
de conocerte con ínfulas de profesor;
de alcanzarte a través de reglas de deporte;
de amarte como se ama un viejo matrimonio.
Y un día que deseabas otra cosa
inventaste a San Francisco
e hiciste de él tu juglar.
Y a nosotros nos corresponde dejarnos inventar
para ser gente alegre que dance su vida contigo.
Para ser buen bailarín contigo
no es preciso saber adónde lleva el baile.
Hay que seguir, ser alegre,
ser ligero y, sobre todo, no mostrarse rígido.
No pedir explicaciones de los pasos que te gusta dar.
Hay que ser como una prolongación ágil y viva de ti mismo
y recibir de ti la transmisión del ritmo de la orquesta.
No hay por qué querer avanzar a toda costa
sino aceptar el dar la vuelta,
ir de lado, saber detenerse y deslizarse en vez de caminar.
Y esto no sería más que una serie de pasos estúpidos
si la música no formara una armonía.
Pero olvidamos la música de tu Espíritu
y hacemos de nuestra vida un ejercicio de gimnasia;
olvidamos que en tus brazos se danza,
que tu santa voluntad es de una inconcebible fantasía,
y que no hay monotonía ni aburrimiento
más que para las viejas almas
que hacen de inmóvil fondo
en el alegre baile de tu amor.
Señor, muéstranos el puesto
que, en este romance eterno iniciado entre tú y nosotros,
debe tener el baile singular de nuestra obediencia.
Revélanos la gran orquesta de tus designios,
donde lo que permites toca notas extrañas
en la serenidad de lo que quieres.
Enséñanos a vestirnos cada día con nuestra condición humana
como un vestido de baile, que nos hará amar de ti
todo detalle como indispensable joya.
Haznos vivir nuestra vida,
no como un juego de ajedrez en el que todo se calcula,
no como un partido en el que todo es difícil,
no como un teorema que nos rompe la cabeza,
sino como una fiesta sin fin donde se renueva el encuentro contigo,
como un baile, como una danza entre los brazos de tu gracia,
con la música universal del amor.
Señor, ven a invitarnos.
domingo, 10 de agosto de 2014
Ámate sin límites
Ámate sin límites, sin medida. Con toda la capacidad de tu ser. Sin miedos ni pudores. Abraza tu realidad completa como la madre a un niño pequeño o como los amantes. Dedícate tiempo, mímate. Atrévete a a acariciar tu cuerpo, pero sobre todo los entresijos de tu alma.
Cuídate con toda la ternura de que seas capaz. Busca lo más conveniente en cada momento para que te sientas a gusto. Pero sobre todo disfruta de cada instante. Sabes bien lo que es mejor para tu cuerpo, para tu mente, para tu espíritu.
Come lo sano para tu cuerpo, ejercítalo para hacerlo bello y sentirte mejor. Piensa sólo lo sano para tu mente. Aléjate de lo nocivo y tóxico que despierta tu ego, lo enfada o lo entristece; apártate de situaciones y de personas que no te hacen bien. Haz silencio para sentir lo bueno, la esencia de lo que eres, el Amor que te habita.
Saborea lentamente la fruta que te comes, el sorbo de agua que te refresca... cada bocado, cada trago... Céntrate en cada uno de ellos. Empápate de lo que ves, de lo que miras, deja que te afecte. Huele con sumo disfrute el perfume, el mar, la tierra mojada, el aire lleno de matices... como si fueran olores generados para ti. Toca la roca, el cuerpo del amado/a, la hoja seca, la rama del árbol... como si te entregaran su esencia, como si fuera tuya, pero sin violentarlos, con ternura.
Cuida los detalles que hacen tu día a día más bonito. La decoración de la casa, un sorbo de vino, el descanso merecido.
Quiérete, ámate sin medida. Canta, sonríe, ponte guapo/a, disfruta, cánsate, tropieza y levántate, disfruta del camino más que del pensamiento sobre la meta. Si eres capaz, di en cada paso: aquí soy. Si eres capaz, párate a ser consciente de tu respiración; como cada inspiración, es un soplo de vida placentero. Como en cada espiración, esa vida se une a la única Vida que existe.
Si haces esto y todo lo que te vaya haciendo bien, si te amas sin límites, todo lo demás se te dará por añadidura.
Estarás amando a los que te rodean porque su aliento es el tuyo. Amarás a los que más sufren porque experimentarás esa compasión que nace de la única fuente de amor y querrás que también ellos la experimenten en sus vidas y harás todo lo posible para que así sea.
Estarás amando al resto del cosmos, de la naturaleza, de la Madre Tierra, porque habrás entendido que es una la Vida y que si no la cuidas te destruyes a ti mismo.
Ámate bien, no desde el ego destructivo y posesivo que necesita acaparar para sobrevivir, sino desde lo más profundo de tu ser que sabe lo que te conviene.
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