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jueves, 19 de junio de 2014

Querido Papa Francisco.                   Carta VI

En esta mi sexta carta simplemente quiero transmitirle dos cosas. La primera, una vez más, un sentimiento de agradecimiento por sus gestos y por sus formas. Sus gestos siguen siendo signo de la ternura de Dios en medio de un mundo que sufre. Gracias por el abrazo fraterno delante del muro de las lamentaciones con el rabino Abraham Skorka y el islámico Omar Abboud. En la entrevista para el periodista Enrique Cymerman se refiere usted a Jerusalén como imagen de la Jerusalén celestial y estoy de acurdo en que podría ser para el mundo un signo de concordia y de que esa ciudad, sagrada para las tres grandes religiones monoteístas, lleva encerrada dentro de sí la semilla de la unidad en la diferencia, de la concordia en medio de la diversidad. Ojalá se despliegue alguna vez el verdadero sentido etimológico de su nombre, Jerusalén, ciudad de la paz. Gracias por ese deseo profundo de que esa raíz común a las tres tradiciones sea alguna vez la que determine la convivencia, y el trabajo común. Ese abrazo, esa oración posterior en el Vaticano son un verdadero signo para el mundo de consecuencias que aún no alcanzamos a adivinar. 
Gracias también por esa entrevista llena de ternura evangélica, de humildad, de cercanía. Éstas siguen siendo las notas esenciales de su carácter y de su servicio y desde ahí uno se equivoca menos. 
En segundo lugar, aparte de mi agradecimiento, quería hacerle, con todos mis respetos, una apreciación. Y es que he echado en falta una alusión clara por su parte a la situación de absoluta represión y opresión que sufre el pueblo palestino por parte del Estado de Israel, sobre todo los que malviven en los campos de refugiados, los de los territorios ocupados, todos aquellos de la franja de Gaza y Cisjordania. Bloqueos, sanciones económicas, anulación del derecho a la circulación de las personas, inseguridad alimentaria, cortes de electricidad, déficit sanitario... desastre humanitario, en definitiva. Pienso que esto que indico no es mera opinión sino que hay un flagrante incumplimiento de leyes y convenios internacionales denunciado por la misma ONU. 
Algunos podrán decirme que si lo que queremos es verdaderamente que desde su talante conciliador y evangélico usted haga de mediador en el conflicto, estas cosas hay que callárselas. Y yo me pregunto, si desde esa misma actitud eso es posible. Creo que no puede haber diálogo si no hay previamente reconocimiento de la injusticia. Le oigo hablar con contundencia sobre el antisemitismo que perdura y que se encrudece en estos tiempos. No se muerde tampoco la lengua a la hora de hablar de un sistema económico que excluye, que prescinde de sectores de la humanidad, un sistema económico salvaje. ¿Por qué entonces ninguna palabra sobre el dolor de un pueblo que lleva padeciendo un auténtico apartheid desde hace varias décadas? ¿Es la prudencia, lo políticamente correcto acicate para manifestar una palabra compasiva ante tanto atropello?
No soy especialista en relaciones internacionales, en diplomacia, o en política, pero sí considero que desde esa predisposición suya a la defensa de los más vulnerables, santo y seña del auténtico espíritu cristiano, la denuncia de la opresión del pueblo palestino sería un auténtico gesto de justicia y el reclamo del cese del atropello, un signo de fraternidad con los que tan mal lo están pasando. Todo ello, por supuesto, desde la condena y el rechazo de toda forma de violencia o terrorismo por muy legítimas que sean las demandas de cualquiera de las partes.
Es cierto que no podemos olvidar que la raíz del cristianismo es judía. También lo es del Islam y eso debiera implicar una manifiesta solidaridad con los que son sus hermanos. El rezar con los salmos de David, el leer a los profetas del Antiguo Testamento no sólo es un gesto litúrgico o devocional sino conectar también con una auténtica tradición moral que denunciaba constantemente la injusticia contra los más desfavorecidos (el huérfano, la viuda, el extranjero, el pobre en general). Por lo tanto, conforma, aún más, la esencia cristiana, el posicionamiento compasivo al lado del que sufre. 
Una vez más insisto en mi agradecimiento por su saber hacer y le pido disculpas por lo que no quiere más que ser la expresión de un sentimiento espontáneo.

Afectuosamente

miércoles, 5 de febrero de 2014

Querido Papa Francisco (V)

Querido Papá Francisco. (V)

Una vez más me acerco tímidamente a este desatino comunicativo que en principio sólo se queda en un desahogo.

Quiero comenzar dándole las gracias por su primera Exhortación “Evangelii Gaudeum”, la cual sólo he empezado a leer pero que huele a fresco y a profecía de la necesaria en estos tiempos. En esta misma órbita siguen sus gestos (algunos empiezan a criticar que sólo son gestos no plasmados en cambios auténticos, yo prefiero seguir esperando; aunque se quedara sólo en ellos, ya habríamos ganado). Felicitarle también por sus últimas palabras contundentes, nacidas de ese genio latino y referidas a la injusticia de todas aquellas personas que no tienen para llegar a fin de mes y que tienen que estar pagando a usureros que son los que le han provocado esa situación. Ya quisiera que los jerarcas de nuestra Iglesia española hablaran con esa fuerza. Lo políticamente correcto no es válido cuando el ser humano es atropellado en su dignidad. No tenemos más que mirar a nuestro Maestro indignado cuando se ponía al ser humano al servicio de otros intereses o cuando se utilizaba el nombre de Dios para negociar y robar (episodio de los mercaderes en el templo, Mt 21, 12-27).

Por otro lado, quería expresarle mi opinión, como en otras ocasiones, sobre algunos temas. Hoy ha salido en los medios de comunicación la denuncia de la Onu sobre el encubrimiento de la Santa Sede a tantos casos de pederastia. Un documento, según dicen bastante duro, que acusa de tapar durante décadas estos atentados a la dignidad de los menores con tal de salvaguardar la reputación de la Iglesia, así como del daño causado al tomar como única resolución el cambio de parroquia de los clérigos implicados en ellos. Me ha sorprendido la reacción del portavoz del Vaticano, Federico Lombardi. En su declaración habla de ideologías de fondo, incluso de ataque a la Iglesia. En tema tan delicado, aunque sólo fuera por táctica, no creo que sean las palabras más correctas. Siempre me ha fastidiado ese complejo de víctima de ciertos sectores de la misma en los últimos tiempos. La única persecución garante de coherencia a la Iglesia es aquella que se produce por la lucha por la justicia, por la defensa de los más vulnerables y por su dignidad. “El Reino de Dios y su justicia”. La lucha por ellos conlleva el choque con los poderes de la tierra, siendo, esta persecución, necesaria si queremos comprobar que estamos siendo coherentes y fieles al mensaje de Jesús. Dando un paso más, sólo por ética, ponerse a la defensiva en un caso de flagrante delito como es el abuso de un menor me parece chocante. Sólo se puede pedir perdón, una y mil veces, acercarse a las víctimas, y apartar (con misericordia por supuesto) a los culpables y dejar que éstos y sus procesos de culpabilidad o inocencia, sean puestos en manos de las leyes humanas y juzgados por ellas. Si encima damos el salto cualitativo de la exigencia evangélica, habrá que trabajar por la recomposición de las víctimas, seguir pidiendo perdón, y llegar al núcleo de la cuestión: por qué tantos curas han abusado de menores. Me parece bien esa Comisión que se va a crear pero no es la solución al problema.

Y es aquí donde ahora me quiero parar, siendo consciente de nuevo que es un tema delicado, que no se puede tocar fría o superficialmente y que por supuesto, sigue siendo tabú. Nos quedaríamos a un nivel demasiado “civil” si sólo dejáramos de ocultar más a los culpables y los entregáramos a procesos judiciales que repararan el daño social y personal causado. Sin justificar lo injustificable, ir al meollo de la cuestión supone hacer un análisis profundo, de qué ocurre en las personas que delinquen abusando sexualmente de menores. Cómo llegan estas personas a los seminarios y casas de formación, y por supuesto, qué tipo de formación se les da allí. Para la misión tan sagrada de ser testigo del Evangelio de Jesús en medio del mundo, para ser voceros de su palabra, para sal y luz se necesitan personas “en pie”. Y ¿qué quiero decir con ello? Pues, se necesitan personas que, siendo vasijas de barro por su debilidad, sean hombres y mujeres con un necesario equilibrio cuerpo-mente-espíritu fundamental y que se echa mucho de menos en estos ámbitos, y lo digo con conocimiento de causa. Sin entrar, por no pararme demasiado, en qué tipo de personas entran en estas instituciones eclesiásticas de preparación para la misión, es absolutamente exigible una formación en este nivel, me atrevería a decir que incluso superior a la académica. Con formadores que en muchas ocasiones tienen más desequilibrios afectivo-sexuales que los propios formandos, esto es muy difícil.

Pero no quiero quedarme en lo políticamente correcto, porque esto que estoy diciendo se decía también en mis tiempos de seminarista. Y con ello llego de nuevo al meollo de la cuestión. He leído por ahí alguna vez que un celibato opcional no reduciría el caso de abusos a menores. Creo que esa afirmación es absolutamente irreal. Estoy convencido de que sí bajaría drásticamente. El seminario no sería un coladero para todos aquellos con complejos de cualquier tipo, un escondite para pusilánimes afectivos. Una vez que se aceptara la posibilidad absolutamente factible y no contradictoria con los criterios evangélicos de que los curas pudieran tener su pareja, hombre o mujer, la vocación sería contrastada con la coherencia de una vida totalmente elegida y fiel más o menos al proyecto de Jesús de Nazaret (habría que revisar otros asuntos también como que el ministerio no fuera un refugio de vagos y vividores, pero ese sería otro tema).
A partir de ahí, porque esto no es lo único, (ya que nos encontramos continuamente con gente con pareja o casados y que distan mucho de una vida psico-afectivo-sexual madura y equilibrada) habría que hacer un trabajo importante con profesionales para llegar a ello. (Esto no sólo es necesario para futuros ministros de la palabra y del Reino, sino para cualquiera). Un trabajo sin descartar ninguna de las dimensiones del ser humano para llegar a ser personas maduras, autónomas, personas “en pie”, al margen de que eligieran libremente vivir cómo célibes o no.

De todo esto, sabe usted mucho más que yo y tendrá miles de profesionales que le asesorarán, pero no olvide que esto tan sólo pretende ser un desahogo.
Por último quería comentarle algo que de nuevo me hiere de esta Iglesia nuestra que habla con “autoridad”. Me llegó una petición de una ONG para que firmara a favor de que usted le retirara el cardenalato a Monseñor Fernando Sebastián por sus declaraciones con respecto a la homosexualidad. Pensé si tenía que hacerlo o la campaña obedecía a una de estas iniciativas populistas y faltas de información que se quedan con lo anecdótico o morboso de la noticia y hace acoso y derribo contra cualquiera. Al final lo hice. Busqué información sobre este hombre, y encontré, que aunque conservador en sus posicionamientos, había sido un hombre conciliador y que había propiciado el diálogo en asuntos complicados de estado y de Iglesia. Supongo que eso es lo que lo motivó a usted a darle el cardenalato a la vez que su valía intelectual. No sé si lo de este hombre ha sido un desatino propio de la edad que tiene, no sé si no habrá encontrado mejor oportunidad para hacer esas declaraciones, y sé que eso de retirarle el cargo a alguien por unas declaraciones inoportunas, inapropiadas, desacertadas e infundadas en ninguna base científica y médica es prácticamente imposible en esta Iglesia nuestra… Pero, sería tan interesante y positivo que se disculpara, que aclarara, que dijera algo. Comparar la homosexualidad con la hipertensión es, cuanto menos, desafortunado.

Sigo esperando el día en que nuestros pastores muestren su misma contundencia en temas que competen a la dignidad de las personas, a los derechos vulnerados y no a las libertades personales.
Con todos mis respetos de nuevo, y como un simple opinador, me despido con un abrazo fraternal.

martes, 8 de octubre de 2013

Querido Papá Francisco. 
Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, vergüenza es una turbación del ánimo ocasionada por alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena. “Una vergüenza”. Así que es como usted ha calificado la última tragedia en Lampedusa. Y empiezan a salir cifras que hablan de más de 20 mil muertos en los últimos 10 años en los mares que separan a África del primer mundo. Los medios de comunicación se hacen eco de sus palabras y algún que otro político las repite y las hace suyas. Pero ¿realmente sienten vergüenza o no es más que esa pena lastimera y pasajera que durará lo que quieran aquellos que deciden por qué lamentarnos o de qué reírnos?
De nuevo, usted habla con la valentía propia de su carácter y de la indignación evangélica y profética que debería ser común a los cristianos. Y quiero agradecérselo en nombre de los muertos en el mar, los de la semana pasada y de todos los demás, en nombre de sus familiares, porque no van a poder llorarlos teniéndolos delante. Ahora, así, quietecitos en sus ataúdes, se los considera ciudadanos italianos. Y se revuelven políticas, acuerdos, se replantean replantear, remirar, revisar, y salen aquellos que no quieren remover o pretenden endurecer aún más, poner más vallas a este coto privado de caza. Y se reúnen ministros y autoridades. ¿Cuántos muertos tenía que haber para este revuelo? ¿Había un cupo? Pero los muertos, muertos se quedan. Ciudadanos de segunda categoría, negros pobrecitos que despiertan esa lástima efímera.
Pero, volviendo a la definición de vergüenza, ¿realmente hay alguien que haya cometido alguna acción deshonrosa y humillante, alguien que la sienta de verdad? ¿Dónde está realmente la acción deshonrosa? Quizás en hacernos dueños de un jardín que no es nuestro, privatizarlo y ponerle vallas, vallas que matan.
No tengo las soluciones, la única lógica posible es la del pescador emocionado que cuenta que atendió a los a los que han podido salvarse, sabe Dios por qué azar del destino. Al margen de leyes condenatorias de la solidaridad, ¿puede haber algo más vergonzoso que condenar la solidaridad humana?, Sirva el canto de insumisión de ese hombre como único canto posible. “Lo haré y lo volvería a hacer”. Querido Papá Francisco, se está convirtiendo en una de las personas más influyentes del mundo. Siga utilizando la palabra para mover los corazones hacia la compasión, el único remedio para esta sociedad enferma, una palabra que exija que la dignidad humana esté por encima de otros intereses, una palabra que ¿por qué no? invite a la insumisión ante leyes excluyentes que atentan contra lo más sagrado. Siga insistiendo en que la Iglesia abra las puertas, se acerque, camine, se deje de recelos, de capisallos y se ponga el uniforme de los que vienen de la gran tribulación. ¡Hay demasiado espacio "sagrado" deshabitado, desocupado, infrautilizado! ¡También eso es una vergüenza!
Gracias por poner voz a los muertos y a sus familiares. Gracias por ese llanto profundo, el del corazón, más allá de la lágrima fácil y volátil. Quiero llorar también esta noche con usted y con todos aquellos que sienten de verdad rajarse esa fibra común por la humanidad que se pierde en los mares, cementerios sin lápidas, ni nombres, ni rostros. Quiero llorar con las madres que tardarán en saber que sus hijos se ahogaron o se quemaron en su propio sueño porque este mundo no cuenta con ellos, los expulsa, les pone fronteras, les estorba. 
De nuevo me pongo en sus manos, desde mi pequeñez a veces sin rumbo, para dar la mano o un abrazo, para abrir puertas, para llamar a otras que encierran habitaciones vacías para que se abran. Tengo poco que ofrecer pero tengo lo mejor, el eco de aquella llamada que me hizo vibrar un día y que me hizo comprender que en la acogida estaba mi salvación. 
Ojalá que sus vidas, con la sangre de los más admirables mártires, sean semilla de justicia. Creo en ello.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Querido Papa Francisco (3)

Querido Papa Francisco. 
En esta tercera carta voy a ser más breve pero quiero dejar constancia de la emoción que me produce la noticia publicada en el día de hoy en la que se comenta que usted pide que los conventos vacíos se abran a los refugiados e inmigrantes. Emoción porque es algo que conecta con profundos sentimientos internos, con inquietudes, con sueños e incluso con proyectos en mente. Darle de nuevo las gracias por hacer a la Iglesia bajar la mirada a los de abajo. No hay arriba sin abajo, ya lo dejó claro Jesús. Darle las gracias por ponerse al lado de los desplazados, por hacer camino con ellos, por instar a cumplir la única ley válida la del amor al que sufre, concretada en “fui inmigrante y me acogisteis”. (Mt 25, 31-46). Es un escándalo que se estén cayendo edificios de la Iglesia sin uso ni beneficio alguno y que haya centros de refugiados saturados en donde malviven los inmigrantes hacinados. Es inadmisible que haya inmigrantes durmiendo en la calle (que haya personas de cualquier nacionalidad, metemos aquí a los desahuciados de sus casas también) Estos son los signos que se esperan y que no sólo me emocionan a mí. Esto no es ni más ni menos que el hacer volver la mirada donde realmente hay que volverla, esto no es ni más ni menos que “buscar el Reino de Dios y su justicia” y todo lo demás se nos dará por añadidura (Cf. Mt 6, 33). 
Cuando en aquella casa tan grande en la que vivía propiedad de la parroquia que se me encomendó comencé a acoger a personas inmigrantes la mayoría de la gente lo vio con recelo, principalmente la jerarquía. Puedo decirle con sinceridad que no fue meritorio por mi parte. Fue la necesidad de compartir espacio y vida y fue realmente una de las experiencias más enriquecedoras que he tenido. La acogida es el camino, la mesa común es el reflejo de la del Reino… siempre supe que lo que ellos me aportaban cada día era mucho más que el techo y el pan material que yo pudiera ofrecerles. 
Ahora he perdido credibilidad, pero he llamado tímidamente a alguna puerta para pedir exactamente lo que usted acaba de decir. De momento nadie me hizo caso. Por eso hoy me emociono al leer la noticia. Sé, y de nuevo lo reitero, que es muy difícil que esto le llegue, pero quizás algún día… Cuente conmigo donde sea para un proyecto de ese tipo. Me siento disponible y llamado a abrir puertas y a decir “os estaba esperando, sois necesarios para que pueda seguir viviendo”. Gracias de nuevo.
Fraternalmente 
Juanma

jueves, 21 de marzo de 2013

Querido Papa Francisco

Querido Papa Francisco.
Nunca me hubiera atrevido a escribirle a esta carta si no fuera porque desde que fue elegido algo se movió dentro de mi corazón. Aunque sea cada vez más crítico y reticente a los fenómenos de masas y desde hace años sienta rechazo por la “papolatría” y por ese sentimentalismo acrítico hacia las grandes figuras, no he podido dejar de sentir una emoción inexplicable desde el primer día en que lo eligieron. Cuando digo que algo se movió en mi corazón no me refiero a esa euforia propia de esos días. Lo que siento tiene que ver con algo profundo, muy interior, un pálpito intuitivo que conecta con el lugar donde reside mi esperanza y la de tantos hombres y mujeres.
Quizás debería presentarme, pero teniendo en cuenta que posiblemente nunca lea mi carta, no vamos a perder el tiempo en eso. Simplemente decirle que soy alguien que hoy se atreve a publicar esto por aquí sabiendo que el poner palabras a sentimientos, por un lado quizás me haga conectar con aquellos que sienten algo parecido y por otro me permita sentir esa solidaridad efectiva de aquellos que puedan verse reconocidos en esto. Solamente decirle que hoy en día, por mi trayectoria personal, me encuentro en un impass de búsqueda de un espacio dentro de la Iglesia. Un poco rebotado de formas, estructuras, de lo puramente dado y no cuestionado, tomé la decisión hace un tiempo de situarme fuera de la iglesia de la ley, de la norma, de la Iglesia de las formas que dejan poco resquicio a lo nuevo, a lo de “abajo”, a lo del lugar donde realmente se “cuecen las habas” de la cosas de Dios, de su Espíritu. Me retiré de una iglesia institucional cada vez más excluyente. Y le digo que me retiré de ella porque hace un tiempo que dejé el ejercicio del ministerio ordenado. Le mentiría si no le dijera que lo hice principalmente porque necesitaba vivirme en una integridad personal en la que lo humano, lo afectivo, lo psicológico y lo espiritual estuvieran fundamentados en mi realidad más pura y genuina. Desde ese deseo profundo y esa necesidad, el celibato siempre fue una carga que me hacía daño.
Y profundamente emocionado y siendo consciente de mi osadía, me atrevería a preguntarle: Papa Francisco, ¿qué lugar tenemos las personas como yo en la Iglesia? Siento con la misma fuerza la vocación que Dios en su momento me regaló y que la comunidad, a pesar de mi pobreza y debilidad corroboró. Por ello, mi cuestión ¿qué sitio tendremos en la Iglesia que usted lleva en su corazón (aquella que, como al pobre de Asís, creo que Dios le manda a reconstruir) todos aquellos hombres a los que Dios le encomendó la tarea de ser testigos privilegiados en medio del mundo, pero que a la vez no pudieron prescindir de su necesidad de una afectividad vivida en pareja? ¿Qué pasará con todas aquellas personas con el don la Palabra, de la profecía, del pastoreo, de la cercanía a los más necesitados… que viven en el margen de la institución porque la institución los relegó simplemente porque fueron fieles a sí mismos? Me aparté del ejercicio del ministerio porque disentía de una visión del sacerdocio unida indiscutiblemente a un celibato que en gran medida crea sufrimientos de todo tipo, clandestinidad, frustración… repercutiendo en los que lo sufren directamente y en el resto del Pueblo de Dios. (Y que conste que creo en el celibato y en la castidad como don de Dios reservado a unos cuantos).
Pero, no quisiera centrar mis palabras en “mi problema”. A la vez siento que mi voz pequeña se pierde entre la multitud y la grandeza de corazón que intuyo en usted. ¿Quién soy yo? Sin embargo, en esta locura atrevida e irreal quisiera pedirle que limpie la Iglesia de todo aquello que no nazca de la compasión, (en la misa de inicio de su pontificado habló de ella y del cuidado de la creación y del  que nos debemos unos a otros. Eso conectó con la emoción de mis deseos más profundos, de lo que sentí como vocación); de todo aquello que no nazca de la misericordia, de la ternura entrañable del Dios Padre-Madre, aun a costa de que tenga que prescindir, o simplemente aquilatar, todo aquello que se deriva de lo establecido, de la norma rígida, de lo que tiene que ser porque siempre ha sido. Aléjese de toda visión monocolor de los carismas que Dios le ha dado a la Iglesia, de una visión estática del Magisterio, de una obediencia no dialogada y que no tenga en cuenta las capacidades, y, ¿por qué no? incluso los gustos (también en los gustos habla Dios); dele hueco en la Iglesia a todos los hombres y mujeres tocados de manera especial por el Espíritu y de los que la Iglesia ha prescindido, a los que ha silenciado, apartado por el simple hecho de que no acepten el enrocamiento de unas leyes y normas que son meramente coyunturales de una época y anquilosadas en formas del pasado (algunas de ellas incluso injustas y perversas).
Y, sobre todo, luche por una Iglesia que esté verdaderamente al lado de los empobrecidos y en contra de la injusticia salvaje de un mundo que pone al dinero y a los mercados por delante del ser humano. En esta misa también se ha referido usted a que el auténtico poder está en el servicio. Por ello, le pido que trabaje por esta Iglesia y no por aquella que busca otras clases de poderes. Procure que ésta nunca calle ante las flagrantes injusticias sociales por querer mantenerse al lado de determinados partidos políticos. Abra sus puertas a la mujer en sus órganos de decisión, de reflexión, a los homosexuales que no entienden su vida sin amar y sentir con todo lo que son, a los divorciados que simplemente quisieron salir de una situación donde ya no brotaba la salvación de Dios sino la destrucción de su proyecto de amor. Haga que se recupere la corporeidad (y dentro de ella la sexualidad) como don y regalo y no como maldición o piedra de tropiezo. Así se volverá a ser fiel a la auténtica tradición de las Sagradas Escrituras… Tienda lazos con todos aquellos hombres y mujeres de buena voluntad que buscan a Dios desde las más variadas y ricas expresiones religiosas y sobre todo trabaje porque todos hagan un mundo más bello y parecido al sueño de Dios en su creación.
Nunca confié en que la renovación tan necesaria en la Iglesia para recuperar su auténtica vocación de servicio y cercanía viniera desde sus más altas esferas. Pero Dios no atiende a nuestras lógicas e intuiciones y sorprende. Ojalá que esta esperanza que estos días está viviendo tanta gente se haga efectiva en su ministerio; ojalá que aquellos aferrados a la Iglesia del otro poder (perverso y antievangélico) y con los que va a tener que lidiar de cerca, no acallen su voz y sobre todo no cambien su corazón. Desde arriba no se olvide de los de abajo y acérquese cada vez que pueda, aunque tenga que romper protocolos propios de otras instancias ajenas a la misión de buscar aquí el Reino de Dios y su justicia.
Una vez más le pido disculpas por este atrevimiento. He sido capaz de hacerlo con la conciencia de mis propias y muchas incoherencias, pero desde mi búsqueda de aquella verdad que nos haría más libres. Con todos los riesgos a equivocarme presentes pero consciente de que en mis palabras hay un deseo profundo de una Iglesia servidora y consciente también de mi amor por ella, hago públicas estas palabras mal ensartadas. Sé que nunca las leerá pero también sé que los buenos deseos se encuentran y se hacen más grandes y efectivos. Por ello quiero hacerlas oración junto a la de tantos aquellos enamorados de la misión del nazareno, junta a la suya propia. Así, estas palabras, al margen de su pobre manifestación, se harán suplica. Feliz servicio-